martes, 18 de octubre de 2005
Publicado por negraycriminal @ 8:32
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From: Alfarus
To: info@negraycriminal.com
Sent: Tuesday, September 13, 2005 6:16 PM
Subject: EN RECUERDO DE MANOLO VÁZQUEZ MONTALBÁN



El 27 de mayo de 1959, fue uno de esos días frenéticos, en que los estudiantes organizados políticamente en Barcelona, colaboraban con otros militantes y simpatizantes obreros y de otras profesiones liberales e intelectuales en la preparación de la jornada de huelga por la Reconciliación Nacional. Era una jornada, que el propio régimen de Franco le dio la categoría de antifranquista y subversiva y que tenía el propósito extraordinariamente generoso de iniciar una etapa para la superación de la división de la sociedad española tras la sublevación contra la República, la guerra civil y la represión católico-fascista de la posguerra. Aquella dictadura jamás tuvo la voluntad de reconciliarse con los vencidos, ni política, ni moral, ni humanamente. Mantenía el símbolo de su Victoria con todos los medios y formas represivas a su alcance.

Ese día, detuvieron a dos estudiantes en Barcelona. En las primeras semanas de aislamiento no se pudo conocer lo que sucedió en la Universidad de Barcelona, pero si días más tarde. En la puerta de la Cárcel Modelo de Barcelona durante semanas y meses un grupo de estudiantes se agrupaba con los familiares de los detenidos para demostrar su apoyo y solidaridad. Acudían allí regularmente, saludaban, hablaban, traían paquetes con comestibles y tabaco y trataban de poder comunicarse con los detenidos, siempre que podían y los dejaban.

Manolo Vázquez Montalbán era uno de ellos junto a muchos otros; Ana, Isidoro, Juliana, Javier, sin poder recordarlos a todos. Todo aquello no fue solo un acto de humanidad y solidaridad, fue también un símbolo de coherencia y compromiso cívico y político. Así de generosa fue una parte de la juventud en los años cincuenta. Con apenas 20 años el movimiento de estudiantes antifranquista inició ya su compromiso por la democracia en España.


En un día del verano de aquel mismo año, aquel estudiante encarcelado, recibió un paquete de libros. El funcionario de la Biblioteca le llamó y, en tono no de disculpa sino de reproche, le dijo, que aquellos libros no se los podía entregar. Aquellas novelas policíacas de Simenón, que estaban sobre la mesa, eran indignas e inmorales y no superaban el listón de las exigencias éticas del Régimen y su glorioso Movimiento.


¡Dios mío, donde lo haya! Aquella biblioteca, durante la dictadura solo se había enriquecido con libros religiosos, católicos, por supuesto, y se habían salvado de las purgas unos cuantos libros de aventuras. Y aquel funcionario bibliotecario guardaba las raquíticas esencias.

Mucho más tarde supo que aquel otro gesto correspondió a un admirador precoz de la literatura policíaca, a Manolo Vázquez Montalbán.

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