martes, 18 de octubre de 2005
Anecdotas y evocaciones/ Antonio Gutiérrez
Sobre Manolo.
A bote pronto, pero con toda intención, quisiera recordar como sobrevivió Manolo a dos grandes afrentas ciegamente infringidas por una adolescente cargada de letal inslencia.
Pasábamos, mi mujer, mi hija y yo, los primeros días de Agosto de 1.996 en Pals cuando Ana y Manolo nos invitaron a cenar en su casa del Ampurdán. Aunque llegamos anocheciendo, aún pudimos notar las secuelas del esmero con el que habían elaborado los platos que íbamos a saborear en aquélla mesa que ya estaba cuidadosamente preparada bajo la pérgola del jardín. En la cara el cansancio y en la cocina los cacharros recién recogidos, delataban la paliza que se habían metido nuestros anfitriones. En sus ojos se advertían sus anhelos por alcanzar la única recompensa que esperaban: nuestro agrado.
Mientras Manolo cuajaba el primer plato, aún tuvo Ana que entretenernos contándonos un ya lejano viaje por la Manga del Mar Menor en un "seiscientos" y de cómo enternecieron a una pareja de la guardia civil haciéndose los recién casados para evitar que les detuvieran por los panfletos que ocultaban en el capó.
Por fin llegó el crucial momento de servirnos de la sopera blanca, de un contenido casi tan blanco como ella y que Manolo nos mostró inclinando ligeramente el recipiente. Quiso agasajar a mi hija sirviéndole en primer lugar y junto a la reverencia le explicaba, con más candor del que hubiera empleado Biscúter, los ingredientes de la sopa fría de almendras. Embelesados con la gratificante frescura de la sopa, nadie había observado que la joven mantenía impoluta su cuchara. Utilizaba su recurrente maniobra de distracción, hablar sin parar mientras se enfriaban los platos que no quería engullir. Pero no contaba con que éste ya venía frío en origen y ante la estupefacta mirada de sus padres (o sea, su madre y yo), pasó directamente a rematar la faena desvelándonos a todos los comensales que ...no le gustaba, sencillamente y ¡sin haberla llegado a probar!. Nos valimos de este extremo para aliviar el sofoco de Manolo como cocinero, improvisando el cuento ( sin estar seguros de que lo creyera) de que el rechazo psicológico de la muchacha era más una prevención derivada de un trauma anterior producido por un gazpacho en el comedor de la escuela pública a la que iba, que un juicio con conocimiento de causa sobre su sopa.
Sin principio ni fin, como las cenas del Buscón don Pablos, iba terminando aquélla para mi hija y sin embargo Ana y Manolo la trataban como si hubiera hecho a su mesa los honores de Gargantúa y Pantagruel juntos. Tanto palique le daban a la niña que torpemente guiado por los celos y procurando no poner en evidencia mis limitaciones recurriendo a comentar la actualidad política del reciente estrenado "aznarato", me aventuré por un campo del saber más sublime pero en el que siempre he sido un ignorante supino: el fútbol. Pagué cara mi osadía...y mi estupidez. No caí en la cuenta de que mi mujer y mi hija son del "Madrid".
A pesar del "contra-postre" final, la cena terminó entre la inconmensurable comprensión de Ana y la inteligente astucia de Manolo, que se ganó a la chica. Hasta ahora, que ya es una mujer de 25 años y le sigue admirando más allá de las almendras en sopa y de los confines del Camp Nou y del Bernabéu. Y a pesar de su padre, que en algunas ocasiones, como en la sobremesa de aquélla cena olvidó un gran aserto de Marx...Groucho : " es preferible permanecer callado y pasar por tonto a hablar una vez y demostrar que definitivamente lo eres". Hay que seguir profundizando en el marxismo, pero con la ironía imprescindible que impregna la vida y la obra de MANUEL VAZQUEZ MONTALBAN.
Un fuerte abrazo para todos los amigos de Negra y Criminal.
Antonio Gutiérrez Vegara Madrid, 17 de Octubre de 2.005
A bote pronto, pero con toda intención, quisiera recordar como sobrevivió Manolo a dos grandes afrentas ciegamente infringidas por una adolescente cargada de letal inslencia.
Pasábamos, mi mujer, mi hija y yo, los primeros días de Agosto de 1.996 en Pals cuando Ana y Manolo nos invitaron a cenar en su casa del Ampurdán. Aunque llegamos anocheciendo, aún pudimos notar las secuelas del esmero con el que habían elaborado los platos que íbamos a saborear en aquélla mesa que ya estaba cuidadosamente preparada bajo la pérgola del jardín. En la cara el cansancio y en la cocina los cacharros recién recogidos, delataban la paliza que se habían metido nuestros anfitriones. En sus ojos se advertían sus anhelos por alcanzar la única recompensa que esperaban: nuestro agrado.
Mientras Manolo cuajaba el primer plato, aún tuvo Ana que entretenernos contándonos un ya lejano viaje por la Manga del Mar Menor en un "seiscientos" y de cómo enternecieron a una pareja de la guardia civil haciéndose los recién casados para evitar que les detuvieran por los panfletos que ocultaban en el capó.
Por fin llegó el crucial momento de servirnos de la sopera blanca, de un contenido casi tan blanco como ella y que Manolo nos mostró inclinando ligeramente el recipiente. Quiso agasajar a mi hija sirviéndole en primer lugar y junto a la reverencia le explicaba, con más candor del que hubiera empleado Biscúter, los ingredientes de la sopa fría de almendras. Embelesados con la gratificante frescura de la sopa, nadie había observado que la joven mantenía impoluta su cuchara. Utilizaba su recurrente maniobra de distracción, hablar sin parar mientras se enfriaban los platos que no quería engullir. Pero no contaba con que éste ya venía frío en origen y ante la estupefacta mirada de sus padres (o sea, su madre y yo), pasó directamente a rematar la faena desvelándonos a todos los comensales que ...no le gustaba, sencillamente y ¡sin haberla llegado a probar!. Nos valimos de este extremo para aliviar el sofoco de Manolo como cocinero, improvisando el cuento ( sin estar seguros de que lo creyera) de que el rechazo psicológico de la muchacha era más una prevención derivada de un trauma anterior producido por un gazpacho en el comedor de la escuela pública a la que iba, que un juicio con conocimiento de causa sobre su sopa.
Sin principio ni fin, como las cenas del Buscón don Pablos, iba terminando aquélla para mi hija y sin embargo Ana y Manolo la trataban como si hubiera hecho a su mesa los honores de Gargantúa y Pantagruel juntos. Tanto palique le daban a la niña que torpemente guiado por los celos y procurando no poner en evidencia mis limitaciones recurriendo a comentar la actualidad política del reciente estrenado "aznarato", me aventuré por un campo del saber más sublime pero en el que siempre he sido un ignorante supino: el fútbol. Pagué cara mi osadía...y mi estupidez. No caí en la cuenta de que mi mujer y mi hija son del "Madrid".
A pesar del "contra-postre" final, la cena terminó entre la inconmensurable comprensión de Ana y la inteligente astucia de Manolo, que se ganó a la chica. Hasta ahora, que ya es una mujer de 25 años y le sigue admirando más allá de las almendras en sopa y de los confines del Camp Nou y del Bernabéu. Y a pesar de su padre, que en algunas ocasiones, como en la sobremesa de aquélla cena olvidó un gran aserto de Marx...Groucho : " es preferible permanecer callado y pasar por tonto a hablar una vez y demostrar que definitivamente lo eres". Hay que seguir profundizando en el marxismo, pero con la ironía imprescindible que impregna la vida y la obra de MANUEL VAZQUEZ MONTALBAN.
Un fuerte abrazo para todos los amigos de Negra y Criminal.
Antonio Gutiérrez Vegara Madrid, 17 de Octubre de 2.005

