Jueves, 26 de enero de 2006
Publicado por negraycriminal @ 12:58
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Mi compadre Justo

Ayer lunes muri? mi compadre Justo Vasco, un
cubano grandote, brillantemente cr?tico y
anal?tico, entra?able persona, excelente escritor
y hombre de firmes principios.

Lo conoc? junto a la alberca de un hotel en
M?rida en 1990, en el primer Encuentro Tres
Fronteras de novela negra con cubanos, mexicanos
y gringos al que me invit? Paco Taibo. Justo
hab?a estado en el jurado que me dio menci?n
honor?fica por mi primera novela en un concurso
de policiaca en Nicaragua. Ese d?a conoc? a otros
que siguen siendo entra?ables amigos, el cubano
Jos? Latour, el uruguayo-cubano Daniel Chavarr?a,
el espa?ol Luis M?ndez y los mexicanos Andr?s
Ruiz y Fritz Glockner, entre otros.

Supongo que si ese d?a nos dicen a Justo y a m?
que acabar?amos casados con espa?olas y viviendo
en Gij?n, los hubi?ramos incluido como parte de
la literatura negra fant?stica o los ech?bamos a la alberca.

Conocimos juntos Chich?n Itz?, amenazamos con
tirar a M?ndez al cenote sagrado y nos
fotografiamos junto a un chingo de piedras mayas
viejas. Justo nos recibi? en su casa en La Habana
un a?o despu?s, y pocos meses m?s adelante,
cuando contrabande?bamos a Cuba cosas tan
peligrosas como disketes, refacciones de
computadoras, resmas de papel y cintas de m?quina
de escribir para que los amigos pudieran seguir
ejerciendo su oficio, y la polic?a cubana nos
ten?a bajo una lupa. Con Justo conocimos La
Habana, lo que hay debajo de La Habana y lo que
hay debajo del s?tano de La Habana. Con ?l estuve
en mi primera Semana Negra, en 1992. Fuimos
juntos, con otros tantos escritores cubanos, al
tercer Tres Fronteras en Sarasota, Florida, donde
fue turno del FBI andar husmeando a lo tonto
mientras nosotros toc?bamos temas tan delicados
como la funci?n de las subhistorias en la novela
o Justo explicaba al chef del hotel el secreto
para hacer una sopa de frijoles como la hac?a su mam? en Cuba.

Volvimos a Gij?n en 94. En 96, se cas? con mi
hermana Cristina Mac?a y se qued? para siempre.
Ese a?o me aloj? un mes en su casa, conociendo un
Gij?n que me enamoraba. Lo v? los veranos
siguientes hasta que me vine yo a casarme con
Marta en el 99. Nos ve?amos pocas veces, pero
sustanciosas, siempre una oportunidad de hablar
de lo divino y de lo humano, de disfrutar la
erudici?n de mi compadre (que no hac?a
ostentaci?n de ella, s?lo la ten?a), de su
cr?tica aguda, ?cida, despiadada contra la
estupidez humana de todos colores y sabores, de
literatura, de cine, de televisi?n. Compartimos
mesas redondas igual de apoyo a los sajarau?s que
de ciencia ficci?n. Y nos re?amos un chingo.

Justo y Cristina adoptaron una ni?a. Hace dos
a?os y cuatro meses lleg? a Gij?n con cara de
susto mi sobrina Laura, desde Hait?. La adoraci?n
de su padre y el encanto de todos los que estamos
a su alrededor. Marta y yo somos los t?os designados.

Antes de esto, mucho antes, mi compadre luch? por
la revoluci?n cubana (la revoluci?n, no lo otro),
fue estudiante de qu?mica en Mosc? (de los
primeros mulatos que ve?an en Rusia, dec?a),
aprendiz de vietnamita en Vietnam, le dio cinco o
seis vueltas al mundo, aprendi? cuatro o cinco
idiomas, hizo lo que quiso, tuvo un hijo en Rusia
con su primera mujer y otro en Cuba con la
segunda, Enrique, un brillante f?sico (hoy
doctorado, co?o, cuando lo conoc? en La Habana
ten?a 16 a?os), escribi? libros, gan? premios,
ley? lo que nadie, vivi? a toda madre pese a
todo, organiz? operaciones de recogida de jab?n
para la epidemia de sarna en Cuba, particip? como
qu?mico en una destiler?a clandestina de amigos
en Cuba, tradujo brillantemente muchos libros,
tuvo un chingo de amigos... y muri? bien: un
derrame cerebral r?pido, sin sufrir, pero d?ndole
tiempo a Enrique para llegar desde Madrid a despedirlo.

Hoy mi hermana Cristina me pidi? presentar una
especie de acto o memorial en el tanatorio. Los
cat?licos tienen su liturgia, supongo que los
ateos rojos tenemos derecho a la nuestra con
nuestros muertos. Dedicamos algunos minutos a
compartir nuestros recuerdos del compadre,
hablando algunos, en silencio otros y lo
despedimos con un aplauso grande, atronador, largo, c?lido.

Marta fue los pies, las manos y los ojos de
Cristina en estos d?as, una torre de sensatez y
firmeza, de cari?o y apoyo. Me da gusto estar con
ella. Yo s?lo estoy cansado, esperando a ver
cu?ndo me doy cuenta de que ya no voy a poder
discutir de pol?tica o de b?isbol o de c?mo se
debe preparar un fondue de carne con mi compadre
Justo. Un poco m?s solo, nom?s.

Mauricio, enero 24

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