jueves, 23 de marzo de 2006
Negra y Criminal entra en la memoria de las calles...
Francisco González Ledesma nos lo dijo pero dudábamos.
Un cierto rubor pero mucho placer nos llegó con la lectura de este fragmento que aparece en Historia de mis calles.
“Soy cliente_mejor, amigo_ de una librería milagrosa que está en un local semiclandestino de la calle de la sal, en la Barceloneta de los pisos pequeños, los bares ruidosos y las sardinitas pagadas a plazos. La librería se llama, aunque no tiene ni rótulo, Negra y Criminal, y Paco Camarasa y Montse Clavé la sustentan sin más capital que su buena fe y su esperanza. Son casi los únicos libreros vocacionales que existen en Barcelona, un oficio en rigurosas vías de extinción. Allí me encuentro con jóvenes escritores hechos a todo, críticos que husmean y lectores que aspiran a morir leyendo un libro. Me encuentro también con cronistas y hombres de dentellada rápida, como Juan de Sagarra, y hasta con un juez, Fernández Oubiña, quien quiere que yo ingrese en una peña para hablar de este mundo que se escapa. Pero Oubiña no debe de tener demasiada confianza en el grupo, porque la peña se llama “La lamentable peña”.
Todavía existen rincones en Barcelona donde sientes la vida que palpita en las ventanas.”
Un cierto rubor pero mucho placer nos llegó con la lectura de este fragmento que aparece en Historia de mis calles.
“Soy cliente_mejor, amigo_ de una librería milagrosa que está en un local semiclandestino de la calle de la sal, en la Barceloneta de los pisos pequeños, los bares ruidosos y las sardinitas pagadas a plazos. La librería se llama, aunque no tiene ni rótulo, Negra y Criminal, y Paco Camarasa y Montse Clavé la sustentan sin más capital que su buena fe y su esperanza. Son casi los únicos libreros vocacionales que existen en Barcelona, un oficio en rigurosas vías de extinción. Allí me encuentro con jóvenes escritores hechos a todo, críticos que husmean y lectores que aspiran a morir leyendo un libro. Me encuentro también con cronistas y hombres de dentellada rápida, como Juan de Sagarra, y hasta con un juez, Fernández Oubiña, quien quiere que yo ingrese en una peña para hablar de este mundo que se escapa. Pero Oubiña no debe de tener demasiada confianza en el grupo, porque la peña se llama “La lamentable peña”.
Todavía existen rincones en Barcelona donde sientes la vida que palpita en las ventanas.”

