Permitanme , ya que estamos en las aulas de una de las universidades con mas solera literaria del mundo occidental iniciar la charla sobre el personaje más citado de la literatura universal, con dos citas de dos grandes escritores poco sospechosos de ser considerados "gente simple que lee simple literatura de género", es decir, “novelitas de policías y ladrones”
Lo soñó un irlandés que no lo quiso nunca
Y que trató, nos dicen, de matarlo. Fue en vano.
El hombre solitario prosigue, lupa en mano,
Su rara suerte discontinua de cosa trunca
Es el particular homenaje que Jorge Luis Borges le tributa.
Y uno de los poetas preferidos de nuestro añorado Manuel Vázquez Montalbán, T. S. Eliot proclamaba a todo el que le quisiera oír y fuera capaz de entender, críticos literarios incluidos, que la principal característica de Sherlock Holmes reside en que “cuando hablamos de él invariablemente tenemos la impresión de que existe”.
“Siempre nos quedará Sherlock Holmes”
Bajo la bruma de un pequeño aeropuerto civil, el cine nos regaló una de las muestras más hermosas de la persistencia de la memoria y la reivindicación de los lugares comunes. Tomen ustedes una gabardina y un sombrero de ala ancha, una pamela, un sombrero panamá de fondo y un pícaro quepis francés, mézclenlos con una pizca de agua de Vichy y unas notas de “La Marsellesa”, en su coctelera sentimental, agitada con unas gotas de música de Max Steiner y habrán obtenido "Casablanca".
-“Siempre nos quedará París" dice Rick Blaine a Ilse Laszlo. "No lo teníamos, lo habíamos perdido, hasta que llegaste a Casablanca. Anoche volvimos a recuperarlo... “, y es que por muchos cafés americanos que podamos visitar en nuestra vida, por muchas despedidas vacías bajo la lluvia en una estación de ferrocarril, siempre hemos de volver a los orígenes, a los lugares felices de antaño, porque ellos nunca nos fallarán.
No hablaremos hoy de "Casablanca", pero sí de lugares comunes, de referentes, de fieles referentes y de momentos felices a los que estamos invitados, más que eso, obligados a regresar, como a ese restaurante de confianza en el que por mucho tiempo de ausencia que padezcamos, no ha de faltar un humeante plato de sopa en la mesa o a esa fiel librería, donde los anaqueles nos aguardan como un segundo hogar.
Vincent Starrett, uno de los más eminentes estudiosos de Sherlock Holmes escribió una vez, allá por 1942, a propósito del gran detective victoriano y su inseparable biógrafo, el doctor John H. Watson: “Aún viven en el corazón de todos los que los aman; en una cámara romántica del corazón, en una tierra nostálgica de la mente, donde siempre es 1895”.
Si para Rick e Ilse, su cámara romántica e inamovible, su tierra nostálgica está asociada con el viejo París en guerra, los lectores de novelas de misterio, siempre tendremos el Londres victoriano de Sherlock Holmes y el doctor Watson en nuestra mente. De allí partimos todos una vez, antes de hacernos adultos, antes de cambiar la gorra de cuadros por el borsalino y el tabaco fuerte de pipa por el rubio americano; la admiración por las recatadas damas de alambicados vestidos en la sombra, por las féminas de generosos escotes, que nos recibieron con un abrazo de carmín y una recortada en la espalda... Sin embargo, como el hijo pródigo, siempre podemos abandonar momentáneamente nuestra butaca en el night club, mientras suena por enésima vez la tonada del trío de jazz, junto al martini y dar un descanso a esa cigarrera, que nos promete con sus sensuales guiños, algo más que la luna y volver a una noche de niebla de... 1895.
Olviden por un momento, todo lo aprendido de este retorcido y ajetreado mundo que nos ha tocado vivir y déjense conducir a un tiempo más sencillo y pausado. Un tiempo, en el que podíamos pararnos a meditar largo y tendido sobre los grandes interrogantes de la vida y suban de nuevo el camino de su niñez. Asciendan uno a uno por los 17 escalones, que nos conducen al gabinete de un detective consultor abandonado a la improvisada y melancólica melodía de un violín. A su lado, un caballero de aspecto marcial garabatea, arrebujado en su batín unas letras en un cuaderno de hojas color marfil. El vibrante fuego del hogar crepita adormeciéndonos y en ese instante, alguien irrumpe precipitadamente en la sala y musita unas palabras antes de desmayarse sobre un canapé. “¡Rápido Watson coñac! Este caballero ha partido esta mañana de Rochester y lleva dos días sin dormir. Se trata de un maestro anticuario, experto en cerámica japonesa y ha visitado recientemente las costas de África. Es de costumbres descuidadas y carece del cariño de los suyos. No, Watson, nada de preguntas por el momento. Asista al señor”.
Un nuevo caso y una vez más, el viejo juego comienza de nuevo ¡Señora Hudson pídanos un coche! ¡No olvide su fiel revolver del ejército, mi querido Watson!”
Es posible que se hayan sentido transportados a esa noche de 1895 con estas simples frases. No es necesario nada más para conjurar aquella atmósfera de antaño. Sherlock Holmes siempre nos espera y es capaz de sorprendernos, con la misma intensidad, que la primera vez que asistimos a una escena similar a la que acabamos de describir. Las habitaciones del 221b de Baker Street son el lugar común del que muchos de nosotros partimos en este itinerario sin fin, que es la novela negra y de misterio, la novela negrocriminal . Los relatos de Sir Arthur Conan Doyle mantienen su vigencia, más allá de ese 1895, al que siempre podemos regresar, sin necesidad de invitación. La novela policíaca, tras la obra de Doyle se fue tornando cada vez más compleja, explorando aspectos inéditos en la época del escritor escocés: la psique del delincuente, que muchas veces es mucho más rica en matices, que la gris figura del agente de la autoridad; las motivaciones para cometer un delito, difuminándose la férrea estampa de la espada de la ley.
Hay más de un motivo para cometer un asesinato o un robo y su ejecutor no tiene, ni que haber nacido en la húmeda marginación de un barrio humilde, ni ser socio del club de millonarios de Long Island. Delincuente y policía son dos caras de la misma moneda y la fealdad de Mr. Hyde, ya no es señal de maldad. Hemos aprendido a temer la sonrisa beatífica de los Jekyll de este mundo y la simplicidad prístina del bien y el mal, que hallamos en Conan Doyle hace mucho tiempo que desapareció..., si es que alguna vez llegó a existir. Hemos aprendido a cuidarnos de los supuestos amigos, y hasta podemos sentir un cierto aprecio por la negra y absoluta figura del profesor James Moriarty. En el Napoleón del Crimen, ideado por Conan Doyle, no hay trampa ni cartón, no hay dobles fondos, ni dobles máscaras. Lo que se ve es lo que hay. La mercancía es genuina. Hoy, sabemos que no es tan sencillo y el mal se embosca en la sonrisa afable de nuestros teóricos aliados.
Sin embargo, Holmes acaba imponiendo su estética y estilo y muchos hallazgos que la novela de misterio ha querido enseñarnos tras él, ya están presentes desde las primeras páginas de "Estudio en Escarlata", la primera novela en la que el investigador privado es presentado en sociedad, allá por 1887 en el Beeton Christmas Anual: una personalidad atrayente, un cuadro de ilustres secundarios, una iconografía visual, que evoca el tiempo en que se ambientan las historias, aunque alguien no haya leído jamás una línea de las mismas.
Mucho antes de los superhéroes de las novelas pulp y el comic, encontramos el primer traje de héroe de la literatura de misterio: una gorra de cuadros y una capa de viaje. A veces incluso, el minimalismo puede llegar a ser más extremo. Basta tan solo con referirse a "un hombre alto y delgado". No; cierto que más tarde Dashiell Hammett tendrá a su propio "Hombre delgado", Nick Charles, pero no nos estamos refiriendo a él.
Si bien es cierto que antes de Sherlock Holmes, Edgar Allan Poe crea el embrión del futuro inquilino de Baker Street, en su serie de tres relatos protagonizados por Auguste Dupin ambientados en Francia, “Los Asesinatos de la Rue Morgue”, “La Carta Robada” y “El Misterio de María Roget”, es con Sherlock Holmes cuando ese embrión es dotado de algo, sin lo que hoy no concebiríamos la novela policial contemporánea: "verosimilitud". Dupin es tan excéntrico como Holmes, cuenta con un aplicado y fiel biógrafo y el gobierno y la policía recurren a él, cuando se hallan en apuros, pero Dupin es un cliché que opera en un París de guía de viajes. Un París, que comienza y termina en los mapas. A él, su París no se le presentara más que en los vapores de su fecunda imaginación, y como muchos otros autores decimonónicos de la talla de Julio Verne o Karl May, sólo viaja más allá de su puerta en sueños. Sin embargo, Sherlock Holmes vive y trabaja en Londres, conoce sus calles, su ambiente, se mezcla con la gente, se esfuma entre ella, desaparece. Puede recorrer en un coche cerrado la ciudad y saber donde se encuentra, sólo por el sonido del ambiente. Es posible que no lo crean, epro les invitamos a que consulten, mejor, lean "El Signo del Cuatro".
En la revista "Strand", se publicaron los relatos cortos de Conan Doyle durante casi cuarenta años, que fueron los que le dieron fama y dinero, como no habían hecho las dos novelas previas del personaje, "Estudio en Escarlata” y “El Signo del Cuatro”. Holmes se crece en la distancia corta del relato breve. El lector,el afortunado lector, podía tomar la narración y, al igual que años después con el Dublin de James Joyce o el Nueva Orleans de "La Conjura de los Necios", recorrer hasta el último tramo de la ruta de Sherlock Holmes y Watson.
Era identificable y casi tangible. Tanto, que Conan Doyle recibió durante su vida cientos de cartas de lectores que le pedían consejo para sus pequeños problemas domésticos o no tan pequeños, pues al final, el escritor emulando a su criatura de aire, acabó enzarzándose en dos complejos procesos judiciales para defender a dos extranjeros, George Edalji y Oscar Slater, acusados injustamente por la elitista sociedad británica de entreguerras. Conan Doyle aportó pruebas concluyentes de su inocencia y logró que fueran liberados. El primero, se lo agradeció eternamente, el segundo no tanto, aunque eso es materia para otra historia.
No sólo ello, sino que hasta ancianas damas de cabellos de plata se ofrecían como ama de llaves para Sherlock Holmes y como no conocían la dirección del personaje una vez retirado del bullicioso Londres, en 1905, escribían a Conan Doyle, a quien en una arriesgada pirueta de ficción, tomaban por su simple agente literario, encargado de publicar los escritos del doctor Watson.
Mientras tanto, el escritor, que demostró en su vida ser tan activo y perspicaz como su vástago, tenía que soportar en sus recias carnes, que le asimilasen a una suerte de regordete y bonachón doctor Watson. Uno de los primeros casos de fagocitación entre criatura y creador.
Hay incontables anécdotas sobre la verosimilitud de Sherlock Holmes, más allá de la literatura. En la Primera Guerra Mundial, un médico inglés capturado por los alemanes fue conducido a presencia del coronel alemán de turno, que le pidió excusas por las molestias sufridas y ordenó que le dejaran inmediatamente en libertad, presentando sus respetos al señor Sherlock Holmes y deseando, que en pocos días pudiera disfrutar de nuevo de sus habitaciones en Baker Street. Olvidaba decir, que el nombre del doctor era John Watson, un auténtico John Watson, pero que gracias a la coincidencia de su profesión y nombre, pudo regresar sano y salvo a las líneas británicas.
Más conocida es aquella otra historia, que se produjo durante una gira de Conan Doyle en el frente aliado, de nuevo en la Primera Guerra Mundial, cuando un famoso general francés le preguntó qué rango detentaba el señor Sherlock Holmes en la contienda bélica. El escritor, siempre todo un caballero, se zafó de la cuestión indicando que el gran detective era ya demasiado mayor, como para prestar un servicio activo a la causa.
Agatha Christie no se resistió tampoco a la larga sombra del investigador victoriano. Cuando el capitán Hastings pregunta al novel Poirot qué tipo de detective desea ser: “¿Scotland Yand o Sherlock Holmes?”, Poirot responde sin dudar: “Sherlock Holmes”.
Las novelas policíacas están trufadas de citas del tipo: “Estás hecho un Sherlock Holmes” o “Eres un Sherlock Holmes redivivo”. Los herederos de Holmes fueron primero detectives aristócratas, que investigaban por deporte, como Arsene Lupin en sus últimos años, tras abandonar su levita de ladrón, Lord Peter Wimsey, Albert Campion o el popular Nick Charles, inmortalizado en la gran pantalla por Michael Powell, junto a Mirna Loy, según los personajes creados por Dashiell Hammett. Personajes frívolos y superficiales, pero que en el momento culminante recurrían al método deductivo holmesiano para descubrir al culpable y seguían sorprendiendo al lector con su hermetismo, también netamente holmesiano, previo al momento final en el que se resolvía el principio de: "whodunit".
El rudo detective americano, no escapa tampoco a los largos y afilados dedos del investigador inglés y es deudor sus métodos holmesianos e incluso de sus vicios. Si Holmes recurre a los narcóticos para relajarse y combatir sus fantasmas personales, Sam Spade, Philip Marlowe o Lew Archer investigan el sentido de la vida en las profundidades insondables de una botella de bourbon y si la música del Stradivarius de Holmes, constituye uno de los escasos momentos en los que el investigador británico era feliz, el detective americano, al escuchar la voz de terciopelo de aquella cantante de cabaret, que oculta una automática del 22 en la media, exorciza momentáneamente sus peores espectros.
La música, tal vez no ha sido estudiada como merece en su importancia en la novela policial. Violines o susurros de una lengua melosa, pueden causar efectos similares, a pesar de las distintas épocas. Una vez más Sherlock Holmes acaba siendo ese referente, ese punto fijo en una era de cambios, la luz del faro que nos acompaña en nuestras noches de insomnio, el hermano mayor al que todos abandonamos un día, pero que nos aguarda siempre despierto, esperando nuestras consultas sin decir que no. Como ese fiel hermano, Sherlock Holmes siempre estará con nosotros, siempre podremos contar con él, sonriéndonos enigmáticamente, desde las páginas del recuerdo
Jaume Gabaldà/Paco Camarasa