jueves, 01 de junio de 2006
El ángel del violín estuvo en la presentación de Raúl Argemí

Todo fue especial la tarde del 30 de mayo en Negra y Criminal.
La cantidad y calidad de lectores y amigos que llenaban
la librería para asistir al "estreno" del último libro de
Raúl Argemí, Siempre la misma música; la voz y las palabras
de Raúl hablando de su admirado Rodolfo Walsh mientras
Carlos Padula y los acordes de su guitarra le acompañaban.
Luego vino el vino, nuestra comunión laica de todos
los buenos momentos (también de los malos), y al final,
la voz rota y tanguera de Carlos, el amigo de Raúl, nos puso
la piel de gallina negrocriminal con el tango de
Homero Manzi
Viejo ciego
Con un lazarillo llegás por las noches
trayendo las quejas del viejo violín,
y en medio del humo
parece un fantoche
tu rara silueta
de flaco rocín.
Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego,
al ir destrenzando tu eterna canción,
ponés en las almas
recuerdos añejos
y un poco de pena mezclás al alcohol.
El día en que se apaguen tus tangos quejumbrosos
tendrá crespones de humo la luz del callejón,
y habrá en los naipes sucios un sello misterioso
y habrá en las almas simples un poco de emoción.
El día en que no se oiga la voz de tu instrumento
cuando dejés los huesos debajo de un portal
los bardos jubilados, sin falso sentimiento
con una "canzonetta" te harán el funeral.
Parecés un verso
del loco Carriego
parecés el alma
del mismo violín.
Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego,
tan llena de pena, tan lleno de esplín.
Cuando oigo tus notas
me invade el recuerdo
de aquella muchacha
de tiempos atrás.
A ver, viejo ciego,
tocá un tango lerdo
muy lerdo y muy triste
que quiero llorar.
En El Periódico de hoy, 1 de junio, Arturo San Agustín dedica este artículo a la presentación de Raúl.
NUESTRO ÁNGEL DEL VIOLÍN
La tarde del martes se presentó en la librería Negra y Criminal la novela Siempre la misma música, premio Tigre Juan. Novela que sugiere que, cuando nacemos, un ángel coge el violín y nos toca la música que vamos a bailar toda la vida. "Siempre la misma música. En los negocios, con los amigos, en todo. Y si te tocó ser varón te jodiste, porque con las mujeres siempre bailarás la misma música. Del violín del ángel nadie se puede escapar". Eso me aseguró el martes el argentino Raúl Argemí, autor de la novela que nos ocupa.
Argemí sospecha que en el fondo de todos los argentinos suena siempre la misma música, es decir, el tango. Natural de La Plata, este hombre --que conoció los pabellones de la muerte-- es un tipo abigotado y colorao, que así llaman en Argentina a los pelirrojos. Pero más que su bigote, lo que destaca en Argemí --al que la dictadura le robó 10 años de vida-- es su mirada. Una mirada que, como la de cierto inglés, quizá aprendió en la Patagonia que el fin del mundo es un lugar.
En esta Barcelona de ahora mismo, que vuelve a querer ser creativa, se agradece que la presentación de una novela sea definida por sus protagonistas como un servicio a la comunidad. Un servicio a la comunidad que contó con la guitarra y la voz del amigo Carlos Padula, que es quien me resuelve todas las dudas tangueras. "Fantasmas del pasado que vuelven y que insisten/ cuando en las tardes tomo mi café".
Cuando se habla de patrias siempre es conveniente escuchar a alguien que ha sufrido cárcel por esos menesteres. O sea, que Argemí me contó el desgarradador testimonio vivido por su admirado Rodolfo Walsh, argentino que metió periodismo en la novela mucho antes que Truman Capote. Lo metió mucho antes, pero el invento se le ha atribuido a este último. "Rodolfo vivía cerca de un cuartel. El tiroteo le llegaba a través de la persiana de su ventana. De pronto, oyó la agonía de un soldado casi adolescente. Un soldado que no gritó 'viva la patria' y esas cosas sino un desgarrador: 'No me dejen solo, hijos de puta'".

