sábado, 23 de diciembre de 2006
Desde lejos, nos cuenta un cuento Guillermo Orsi
Desde lejos, en Argentina, y desde su cálido verano, nos envía este cuento el escritor Guillermo Orsi
"Cuentito de Navidad"
Para Montse y Paco, en este sábado "lloviznoso", con mi amistad.
Silenciosos, las miradas hundiéndose en la arena como escarabajos insolados, sedientos, constipados –sólo comen frutas secas desde hace semanas-, dilatados sus vientres por los gases del desierto, llegan por fin los reyes al establo.
-¡Pero quién ha dicho que había aquí un pesebre con un recién nacido!- protesta Gaspar.
-La Biblia, hombre, la Biblia- se incomoda Melchor sobre la joroba de su camello.
Sólo Baltasar luce feliz –maravillado- por el cambio de planes del que todos conocemos. Sobre una parva de tierno y perfumado heno, una escultura viviente, una josefina baker del oriente medio en su primera juventud, se espeja y resplandece.
El camello de Gaspar olisquea las ubres saladas de la camella de Melchor, obligando a los respectivos reyes a abrazarse a sus jorobas para no venirse abajo.
-Debiste haber previsto que tu camella estaba en celo, antes de emprender el viaje- le recrimina Gaspar a Melchor.
A la salida del establo, decenas de camellos se encolumnan como cubanos con sus libretas de racionamiento, aguardando su turno –que será siempre breve, si llega- para ser felices.
La escultura –venus de ébano, negra hollywoodense- se contonea como una serpiente atragantada con avellanas y castañas de cajú, ofreciéndose sin pudor a Baltasar, cuya polla es codiciada en todo el Levante por los harenes y hasta por sus jeques mimosos.
-¿Qué tiene de malo entretenerme un rato, mientras llega el niño?- se justifica ante sus colegas reyes blancos y salta del camello hacia el oasis de placer que Jehová le ha reservado.
Como todo oasis, la josefina ébano de venus baker es un espejismo que se disipa en cuanto Baltasar, pobre rey chambón, intenta rozar su piel con las yemas blancas de sus dedos negros.
-¡Dios te ha puesto a prueba!- lo sermonea Gaspar.
-¡Y has hecho un papelón!- lo humilla Melchor, humillado a su vez por el dolor agudo de sus hemorroides.
Pero el sexo de Baltasar es ya un elefante desbocado en las praderas de Namibia, una jauría de lobos locos perdidos en los Cárpatos, un mar de almejas y vino blanco soliviantado por la tempestad. Tarde, los dos reyes blancos intentan salir del establo.
Afuera, decenas de camellos alzados rompen la ordenada fila y se zambullen en el más codiciado de los pesebres, el del deseo. La camella de Melchor es Madona que en vano intenta ser Evita, aunque como un faro en la tormenta emite señales luminosas que, en lengua camella, significa venid a mí, espermatozoides sajarianos.
No muy lejos, pero tan remotamente a contramano de los textos sagrados, una partera rescata al niño por 2006ª vez de la ciénaga vaginal.
-¡Jesús!- exclama, con emoción de guía turístico entrando por 3000ª vez en su pirámide de Egipto.
-Ya voy- responde el enfermero gallego que ha vivido veinte años en la Argentina hasta reconciliarse con su judaísmo y, huyendo de la última y consabida crisis económica en el país del tango, venirse a trabajar en la clínica modelo de Jerusalén.
Y arrastrando los pies, cansado como el más devoto de los peregrinos, le alcanza el mate a la partera.
-Ha nacido el niño- anuncia la partera.
-Todos los años la misma historia- resopla Jesús, que se enterará más tarde, por la tele, del revuelo en un establo cercano, de unos reyes llegados a destiempo, de un niño que insiste en renacer mientras el mundo crece, madura, envejece y muere.
-Joder con las religiones- dice Jesús a la partera, que ha cogido con su mano libre la calabaza con el mate espumoso y dulce: -Chupa de la bombilla, antes que se enfríe.
La partera chupa y en su otra mano el crío, por motivos que sólo Dios conoce, rompe a llorar.
"Cuentito de Navidad"
Para Montse y Paco, en este sábado "lloviznoso", con mi amistad.
Silenciosos, las miradas hundiéndose en la arena como escarabajos insolados, sedientos, constipados –sólo comen frutas secas desde hace semanas-, dilatados sus vientres por los gases del desierto, llegan por fin los reyes al establo.
-¡Pero quién ha dicho que había aquí un pesebre con un recién nacido!- protesta Gaspar.
-La Biblia, hombre, la Biblia- se incomoda Melchor sobre la joroba de su camello.
Sólo Baltasar luce feliz –maravillado- por el cambio de planes del que todos conocemos. Sobre una parva de tierno y perfumado heno, una escultura viviente, una josefina baker del oriente medio en su primera juventud, se espeja y resplandece.
El camello de Gaspar olisquea las ubres saladas de la camella de Melchor, obligando a los respectivos reyes a abrazarse a sus jorobas para no venirse abajo.
-Debiste haber previsto que tu camella estaba en celo, antes de emprender el viaje- le recrimina Gaspar a Melchor.
A la salida del establo, decenas de camellos se encolumnan como cubanos con sus libretas de racionamiento, aguardando su turno –que será siempre breve, si llega- para ser felices.
La escultura –venus de ébano, negra hollywoodense- se contonea como una serpiente atragantada con avellanas y castañas de cajú, ofreciéndose sin pudor a Baltasar, cuya polla es codiciada en todo el Levante por los harenes y hasta por sus jeques mimosos.
-¿Qué tiene de malo entretenerme un rato, mientras llega el niño?- se justifica ante sus colegas reyes blancos y salta del camello hacia el oasis de placer que Jehová le ha reservado.
Como todo oasis, la josefina ébano de venus baker es un espejismo que se disipa en cuanto Baltasar, pobre rey chambón, intenta rozar su piel con las yemas blancas de sus dedos negros.
-¡Dios te ha puesto a prueba!- lo sermonea Gaspar.
-¡Y has hecho un papelón!- lo humilla Melchor, humillado a su vez por el dolor agudo de sus hemorroides.
Pero el sexo de Baltasar es ya un elefante desbocado en las praderas de Namibia, una jauría de lobos locos perdidos en los Cárpatos, un mar de almejas y vino blanco soliviantado por la tempestad. Tarde, los dos reyes blancos intentan salir del establo.
Afuera, decenas de camellos alzados rompen la ordenada fila y se zambullen en el más codiciado de los pesebres, el del deseo. La camella de Melchor es Madona que en vano intenta ser Evita, aunque como un faro en la tormenta emite señales luminosas que, en lengua camella, significa venid a mí, espermatozoides sajarianos.
No muy lejos, pero tan remotamente a contramano de los textos sagrados, una partera rescata al niño por 2006ª vez de la ciénaga vaginal.
-¡Jesús!- exclama, con emoción de guía turístico entrando por 3000ª vez en su pirámide de Egipto.
-Ya voy- responde el enfermero gallego que ha vivido veinte años en la Argentina hasta reconciliarse con su judaísmo y, huyendo de la última y consabida crisis económica en el país del tango, venirse a trabajar en la clínica modelo de Jerusalén.
Y arrastrando los pies, cansado como el más devoto de los peregrinos, le alcanza el mate a la partera.
-Ha nacido el niño- anuncia la partera.
-Todos los años la misma historia- resopla Jesús, que se enterará más tarde, por la tele, del revuelo en un establo cercano, de unos reyes llegados a destiempo, de un niño que insiste en renacer mientras el mundo crece, madura, envejece y muere.
-Joder con las religiones- dice Jesús a la partera, que ha cogido con su mano libre la calabaza con el mate espumoso y dulce: -Chupa de la bombilla, antes que se enfríe.
La partera chupa y en su otra mano el crío, por motivos que sólo Dios conoce, rompe a llorar.

