56 pags. blanco y negro
Ediciones Glénat – 12,95 Euros
Tras ver una película que adapta una novela, casi todos decimos el tópico de “Pero era mejor el libro”.
Y no siempre es así. Unas veces la película supera el libro, y otras veces nos produce esa extraña sensación de no saber con cual quedarnos. Baste recordar títulos como “El padrino”, “Las normas de la casa de la sidra”, algunas de las muchas adaptaciones de Stephen King, o ese título que a usted le está rondando por la cabeza.
“El cartero siempre llama dos veces” es un caso atípico. La novela es extraordinaria. La película protagonizada por Lana Turner... también. Y la película de Raffelson... también. Me resulta imposible releer el libro sin que me vengan a la mente imágenes de las dos películas.
Y a partir de ahora, a esas imágenes se sumaran las que creó el pincel de Florenci Clavé para esta extraordinaria adaptación.
Adaptar “El cartero...” no es fácil. Es una novela en la que “pasan pocas cosas” que contengan elementos de acción y que puedan traducirse a imágenes. Por poner un ejemplo exagerado, digamos que hacer una historieta de 24 páginas sobre un monólogo de cualquiera de los cómicos de la TV sería algo indescriptible. ¿No se les pone la carne de gallina al pensar en tener que leerse “aquello”?
Y Florenci hace una adaptación rigurosa y sumamente personal: pasa de puntillas sobre las escenas de sexo, nos hurta el primer intento de asesinato, y vuelve a pasar de puntillas sobre el accidente de coche. Y se concentra en lo más difícil hablando en términos de historieta: en los diálogos. Y también en los cartuchos de textos de apoyo, generalmente denostados en el terreno del cómic porque suelen repetir lo que estamos viendo en imágenes, pero que en el género negro suelen convertirse en contrapunto necesario de los hechos que van ocurriendo.
“El cartero...” es un excelente ejemplo de lo que debe de ser una adaptación: una mezcla adecuada de respeto al espíritu de la obra original... pero también de falta de prejuicios a la hora de someterla a un medio diferente.
Una buena muestra del rigor, y también el cariño, que Florencia ponía en sus trabajos.
JuanJo Sarto.
P.D. Muy interesante el prólogo de Felipe Hernández Cava mezclando sabiamente lo profesional y lo personal.span>