Lunes, 19 de mayo de 2008
Publicado por negraycriminal @ 7:11
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OCHO MILLONES DE MANERAS DE MORIR
Lawrence Block




Prólogo
 

NO TODO VALE

 

         Una de las cosas que más me atrajo de Ocho millones de maneras de morir, cuando la leí en los años ochenta, fue el título y su por qué. No obstante, como me sorprendió la justificación del autor, me resisto a hablar de ello en el Prólogo. Quiero que les sorprenda tanto como a mí.

 

         Porque eso es lo que yo busco en una novela negra, que me sorprenda, que me pille desprevenido y me arrastre de sobresalto en sobresalto hasta la apoteosis final. Porque, al margen del análisis social inherente al género, si hay algo que realmente lo caracteriza y define es su esencia lúdica. Si juegas al juego de la novela negra, te emocionará, te escandalizará, te divertirá, aprenderás que el mundo no es tan bonito como lo venden pero está lleno de placeres como, por ejemplo, el de leer novela negra.

 

         Los autores nos acercamos al género sabiendo que es un juego establecido entre quien escribe y quien lee. Pero hay autores convencidos de que juego es sinónimo de bobada sin importancia y, por tanto, admite cualquier cosa; como si la palabra juego redujera el nivel mental de creador y público con el de un niño tonto. Como el ajedrez es un juego (parecen decir), no hay que tomárselo en serio. Pongamos las piezas en hilera, al otro lado de la habitación, y bombardeémoslas con una canica. Ganará quien derribe más.

 

         Otros autores, en cambio, creen que el juego será más divertido cuanto más conflicto haya entre el respeto a las reglas y la consecución del triunfo.

 

Si todo vale, no tiene sentido hablar de póquer, ruleta, tute, baloncesto, bridge, ajedrez, dados o novela negra.

 

 

En los orígenes del género, hubo grandes improvisadores que aprendieron las reglas sobre la marcha. Se habían incorporado a las filas de una novela policíaca inglesa, de enigma, muy rígida y limitada, puro pasatiempo. Pero eso no era suficiente para los Chandler, Hammett, Cain o Thompson que se aburrían con las simples charadas y querían construir sus obras con elementos sacados del mundo real. Así, Raymond Chandler elaboró un decálogo con la única intención de transgredirlo en cada línea que escribía, y llegó a redondearlo con un consejo como éste: «Cuando no sepas cómo hacer progresar un relato, haz que se abra una puerta y entre un hombre con una pistola». O, anécdota famosa, cuando Faulkner y Hawks, durante la redacción del guión de El Sueño eterno, le preguntaron quién era el asesino de cierto personaje de la novela, Chandler respondió que no tenía ni idea.

 

En el ámbito de la novela negra, los estereotipos folclóricos van desapareciendo engullidos por un afán realista: encontramos menos mujeres fatales de opereta, los protagonistas reciben menos porrazos de aquellos los dejan inconscientes y sobreviven para futuras novelas, y el tic del whisky en la mano acaba convirtiéndose en puro y duro alcoholismo.

 

Claro que esta nueva veneración por el realismo esconde otro tipo de peligros. El de esos autores, rigurosamente fotográficos, hartos de escenas poco creíbles en las novelas policíacas, que abominan de los diálogos ingeniosos, los juegos de palabras y cualquier tipo de erudición porque saben que los policías y los delincuentes no hablan de esa forma artificiosa. Y, como el trabajo de la policía no es heroico ni brillante ni divertido, sino rutinario y tedioso, donde la paciencia y el sacrificio son esenciales, terminan escribiendo novelas rutinarias y tediosas,  dando por sentados la resistencia, el sacrificio y la santa paciencia del lector.

 

Lawrence Block (1938, Buffalo, estado de Nueva York) pertenece a la escuela norteamericana de autores que han sabido encontrar ese punto medio entre el romanticismo y la aventura emocionante de los clásicos y el realismo estricto y verosímil que hoy día hace de la novela negra uno de los mejores métodos de análisis de nuestra realidad.

 

Cuando nos encontramos en la Semana Negra de Gijón, o en Nueva York, coincidimos en las principales reglas del juego literario y negro.

 

Él sabe inventarse héroes modernos, como el Matthew Scudder de  Los pecados de nuestros padres, Tiempo de crear, tiempo de matar u Ocho millones de maneras de morir, y sabe convencernos de que podríamos encontrarlos en algún rincón de su ciudad en cualquier momento. Habla, en obras formidables como su Hit Man, de hechos insólitos en los que reconocemos una realidad paradigmática que nos ayuda a entender la realidad que nos rodea; y sabe compaginar perfectamente el humor y el desparpajo de las aventuras de Bernie Rhodenbarr, como en el caso de El ladrón que citaba a Kipling o El ladrón que leía a Spinoza, con el suspense y las emociones imprescindibles del género. 

 

Ocho millones de maneras de morir  fue llevada al cine en 1985 por Hal Ashby, con guión de Oliver Stone y Jeff Bridges, Andy García y Rosanna Arquette en los papeles principales. Fue el último largometraje de ese director que nos había maravillado con Harold y Maude en el 1971 y Bienvenido Mr. Chance en 1979, y que murió prematuramente en 1988, a los 59 años.

 

Leer esta novela de Larry Block no es sólo un placer sino que creará de inmediato la necesidad de buscar sus otros libros para continuar disfrutando con ellos. Por suerte, es un autor con una larga obra a sus espaldas.

 

 

 

Andreu Martín
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