Lunes, 19 de mayo de 2008
Publicado por negraycriminal @ 5:36
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UN EXTRAÑO EN MI TUMBA
Margaret Millar


PRÓLOGO

 

El misterio de la propia identidad

 

 

 

 

 

Margaret Millar, nacida en 1915 en Ontario (Canadá ) , con el apellido Sturm, fue la esposa de Kenneth Millar, más conocido por su seudónimo literario, Ross McDonald. Esta circunstancia, inevitablemente, vino a proyectar sobre ella una sombra que acaso le impidió ocupar el lugar que le correspondía, tanto en la literatura norteamericana como en el género de crimen y miste-rio, del que fue una excepcional y muy inteligente cultivadora. A su muerte, en 1994, dejó tras de sí una considerable bibliografía compuesta por una treintena de títulos, entre ellos A Beast in View, galardonada con el Premio Edgar en 1956. Sin embargo, así se las gasta el implacable mercado editorial; una rápida prospección en Amazon nos revela que en su lengua original tan sólo se encuentra disponible en edición reciente (2006) un libro que reúne dos de sus narraciones, Do Evil in Return y An Air that Kills. Para acceder al resto de su obra no queda sino rastrear en el mercado de segunda mano. En nuestro idioma han visto la luz una decena de sus títulos, la mayoría editados hace una veinte-na de años.

Por ello tiene un sentido especial la presente edición de Un extraño en mi tumba (A Stranger in My Grave, 1960), que permite al lector hispano disfrutar de una espléndida novela y de una autora que supo combinar la destreza en el retrato de personajes y la construcción de tramas de intriga con una precisión y pul-critud sobresalientes en el uso del lenguaje. No en vano Marga-ret Millar era licenciada en lenguas clásicas, y en cuanto a su capacidad para la penetración psicológica y la puesta a punto de sólidas maquinarias argumentales, hay quien sostiene que su impulso y sus consejos fueron cruciales para que su marido, al que hoy reconocemos como clásico del género, se acercase a él y alcanzase los logros que público y crítica le atribuyen.

Un extraño en mi tumba es la historia de unos personajes que no terminan de saber muy bien quiénes son. Ése es el misterio primordial, al que se superpone la intriga criminal propia-mente dicha. La ignorancia de asuntos capitales de su existencia condiciona a Daisy, la protagonista, que desencadena los acontecimientos cuando sueña con su propia tumba, en la que aparece inscrita como fecha de su fallecimiento un día de diciembre de varios años atrás. Pero también afecta, aunque no quiera aceptarlo, al peculiar investigador Stevens Pinata, hijo de padres desconocidos, que lleva por nombre el apellido de un cura del or-fanato donde se crió y por apellido el nombre de un juego infantil. El duelo y los enjundiosos y afilados diálogos entre estos dos personajes, a quienes reunirá el azar en la inusual investigación de lo que hay detrás del misterioso sueño de Daisy, bastarían para sostener la novela, pero en ella hay mucho más. Su bús-queda se desarrolla en paralelo con la de otro personaje no me-nos memorable, Stan Fielding, el padre que Daisy tuvo y perdió tras la separación de su madre. Un hombre lleno de defectos («siempre corriendo detrás de la verdad, sin acabar de alcanzarla nunca, y delante de la justicia, sin que tampoco le acabase de alcanzar»Gui?o , que una y otra vez ha recurrido al auxilio de su hija sin serle jamás de mucha ayuda, y que ve llegado el momento de demostrarle que la quiere y está ahí, conduciéndola y protegién-dola en su empeño de desvelar el enigma.

  Son estos personajes, y algunos otros, los que forman el mosaico, de delicada factura, que convierte a Un extraño en mi tumba en una novela singularmente completa y compleja, en la que brilla una infrecuente comprensión de la naturaleza mascu-lina y femenina, unida a una lúcida mirada sobre los engranajes averiados de la sociedad en que se desarrolla la historia (la California de los 50 ) y una soltura envidiable para llevar al lector hasta la persuasiva y sorprendente resolución, en clave realista, de un enigma cuyo planteamiento parecía fantástico.

  Resulta especialmente digna de subrayarse la habilidad con que la autora, desde un punto de partida en apariencia ab-surdo y banal, acaba sumergiéndonos en una indagación llena de hondura acerca de cuestiones tan relevantes como la propia identidad, la soledad del ser humano o las relaciones paternofi-liales (que, sobre todo en lo que respecta a la variante padre-hija, están reflejadas con una sabiduría y una emoción difícil-mente igualables). Y todo ello, sin que en ningún momento de-caigan el ritmo y la fluidez de un relato que rebosa naturalidad.

En este como en otros libros de Margaret Millar, los perso-najes descubren que tras la realidad más o menos ordenada en que creían vivir hay otro mundo, cuya visión altera su equilibrio. La irrupción de lo irracional hace que se tambaleen sus certi-dumbres y experimenten desasosiego e inseguridad. La propia autora, al final de sus días, hubo de enfrentarse a algo semejan-te, primero con el Alzheimer de su marido y luego con la deca-dencia propia, que obligó, contra su voluntad de seguir llevando una vida independiente, a internarla en un asilo. Dicen que mu-rió contándose a sí misma sus propias historias. Por suerte, an-tes las había dejado escritas para que pudiéramos apreciarlas, como en estas páginas, en la plenitud de su talento. 

 

LORENZO SILVA

                                               Getafe-Sevilla, 10 de marzo de 2008  


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