lunes, 19 de mayo de 2008
LOS PRÓLOGOS DE CLASICOS SERIE NEGRA: RAÚL ARGEMÍ

UN CIEGO CON UNA PISTOLA
Chester Himes
prólogo
de las mejores novelas de Chester Himes. Una novela que milita en primera línea de las transgresoras, de las que se rebelan contra los moldes conocidos y previsibles. Una historia donde la forma y el contenido no pueden separarse, porque son manifestaciones del mismo barro primordial donde recibieron el soplo y el alma. Chester Himes, poco antes de comenzar su autoexilio en Francia y España –que lo llevaría a morir en la costa de Alicante– publicó en 1969 Un ciego con una pistola. Era, en apariencia, una aventura más de su dupla de policías negros del Harlem: Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones (Coffin Ed Johnson y Grave Digger Jones). Pero la apariencia engañaba, porque el escenario y la Historia con mayúsculas, habituales protagonistas de novelas anteriores como Una cruzada en solitario o La tercera generación, imponían su voz y se jugaba según sus reglas. Hablamos del Harlem que, para los ojos de Chester Himes, es un campo de concentración de donde los negros no pueden escapar y, lo peor de todo, ni siquiera lo desean. Una 8 isla de negritud en el país blanco, en la que, a caballo del paso de los años 60 a los 70, el miedo y el odio fermentan, y se vuelcan a las calles. La furia y el resentimiento de los textos de Chester Himes, muchas veces disfrazados por la ironía, el humor y el cinismo más penetrante, no ocultan su convicción: los negros son prisioneros de dos odios. Uno hacia los blancos que los desprecian y oprimen. El otro, mucho más venenoso, es interior. Temen que los blancos descubran ese odio, y se odian a sí mismos y entre sí con la mayor ferocidad, por sentir ese temor. Chester Himes era impiadoso con la gente de su color, porque nació, vivió y murió consciente de ser negro en un mundo propiedad de blancos. ¿Es posible llamar antisemita a un judío que se reconoce como tal? Si es posible, entonces Chester Himes era racista. A caballo, decíamos de los 60 y 70, los negros –Afroamericanos, gente de color, morenos, los nombres del «correctismo » son infinitos– se pusieron en movimiento de todas las maneras imaginables. Desde el reclamo angélico de los pacifistas cristianos y el sexo universalista de los hippies, hasta el furor con ametralladora de los Panteras Negras, y el fundamentalismo militante de los musulmanes negros. Chester Himes encierra aquellos movimientos entre las fronteras del Harlem, y nos propone una semana en la que, los que tendrían que reconocerse en el mismo enemigo, ocupan el asfalto para odiarse y destruirse unos a otros. Todos los extremos confluirán hacia un encuentro de calles. Desde la cruzada por un amor interracial, que supone dejarse inundar por el erotismo culposo del blanco que compra carne negra en Harlem –y del negro que goza 9 del fruto prohibido por la cuerda de linchar–, hasta los otros, aquellos que creen ir tras el poder, odiando por igual a blancos y a negros conciliadores, y parecen dispuestos a borrarlos del mapa a pura bala. Todos, más el componente delictivo, mafioso y carnavalesco de cada día, se encaminan hacia el mismo punto del Harlem, una esquina. Todos distintos, pero tan iguales en su comunión entre misticismo, delirio e ignorancia; en su formalismo de iglesia que promete un Paraíso a la medida de cada fiel. Es en esa semana preñada de amenazas, cuando un par de crímenes con un cierto componente racial ponen en marcha a «los Hombres» más temidos de la barriada, los policías negros «Ataúd» y «Sepulturero». Con órdenes difusas, pero que ellos entienden con claridad: si los criminales son negros, duro con ellos, si por el medio hay blancos, ya se verá. En una construcción coral de la que Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones son más testigos que protagonistas, Un ciego con una pistola nos muestra cómo sube la espuma de la rabia y cómo Harlem camina hacia el Apocalipsis. Un Apocalipsis violento y ridículo al mismo tiempo, pero sobre todo autodestructivo, porque para Chester Himes el peor enemigo de los negros son ellos mismos. Será entonces, en ese camino hacia una posible y tal vez deseada masacre universal, cuando sucede el episodio que resume la falta de sentido de casi todo. Un ciego, en el metro, siente que le meten la mano en el bolsillo y le roban la cartera. El ciego saca una pistola y dispara. –¿Hacia dónde? ¿Contra quién?– Los pasajeros atrapados en el vagón caen bajo el fuego, hasta que el metro se detiene y, los que pueden, huyen. El ciego ha vaciado su pistola. 10 De ese suceso nos dice Chester Himes: «Toda violencia desorganizada es como un ciego con una pistola». Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones dicen aún menos, se limitan a ver cómo el mundo se derrumba, con una sonrisa fatalista en sus rostros. Chester Himes nació en Jefferson City en 1909 y murió en Moraira, Alicante, en 1984. Entre ambas fechas tuvo tiempo de saber lo que es el racismo entre su propia gente y entre los ajenos. Estuvo siete años preso, durante los que comenzó a escribir, y hasta pudo darse el amargo gusto de ser reconocido como una de las promesas de la literatura estadounidense. Probablemente su insistencia en la no conciliación, en ver sólo al odio como nexo entre blancos y negros, lo borró de las listas literarias y lo recluyó en las ediciones baratas y menospreciadas del pulp fiction. Sería rescatado de esa condena por los editores franceses, y reconocido como uno de los más brillantes escritores de novela negra, en tanto novela social. Pero no sería suficiente; se llevaría a la tumba una rabia inextinguible.
Disparos a ciegas
Un ciego con una pistola es, con poco lugar a dudas, una
Raúl Argemí

