Martes, 17 de junio de 2008
Publicado por negraycriminal @ 10:01
Comentarios (0)  | Enviar




PRÓLOGO

 

El misterio de la propia identidad

 

  

Margaret Millar, nacida en 1915 en Ontario (Canadá ), con el apellido Sturm, fue la esposa de Kenneth Millar, más conocido por su seudónimo literario, Ross McDonald. Esta circunstancia, inevitablemente, vino a proyectar sobre ella una sombra que acaso le impidió ocupar el lugar que le correspondía, tanto en la literatura norteamericana como en el género de crimen y miste-rio, del que fue una excepcional y muy inteligente cultivadora. A su muerte, en 1994, dejó tras de sí una considerable bibliografía compuesta por una treintena de títulos, entre ellos A Beast in View, galardonada con el Premio Edgar en 1956. Sin embargo, así se las gasta el implacable mercado editorial; una rápida prospección en Amazon nos revela que en su lengua original tan sólo se encuentra disponible en edición reciente (2006) un libro que reúne dos de sus narraciones, Do Evil in Return y An Air that Kills. Para acceder al resto de su obra no queda sino rastrear en el mercado de segunda mano. En nuestro idioma han visto la luz una decena de sus títulos, la mayoría editados hace una veinte-na de años.

Por ello tiene un sentido especial la presente edición de Un extraño en mi tumba (A Stranger in My Grave, 1960), que permite al lector hispano disfrutar de una espléndida novela y de una autora que supo combinar la destreza en el retrato de personajes y la construcción de tramas de intriga con una precisión y pul-critud sobresalientes en el uso del lenguaje. No en vano Margaret Millar era licenciada en lenguas clásicas, y en cuanto a su capacidad para la penetración psicológica y la puesta a punto de sólidas maquinarias argumentales, hay quien sostiene que su impulso y sus consejos fueron cruciales para que su marido, al que hoy reconocemos como clásico del género, se acercase a él y alcanzase los logros que público y crítica le atribuyen.

Un extraño en mi tumba es la historia de unos personajes que no terminan de saber muy bien quiénes son. Ése es el mis-terio primordial, al que se superpone la intriga criminal propia-mente dicha. La ignorancia de asuntos capitales de su existencia condiciona a Daisy, la protagonista, que desencadena los acon-tecimientos cuando sueña con su propia tumba, en la que apa-rece inscrita como fecha de su fallecimiento un día de diciembre de varios años atrás. Pero también afecta, aunque no quiera aceptarlo, al peculiar investigador Stevens Pinata, hijo de padres desconocidos, que lleva por nombre el apellido de un cura del orfanato donde se crió y por apellido el nombre de un juego infan-til. El duelo y los enjundiosos y afilados diálogos entre estos dos personajes, a quienes reunirá el azar en la inusual investigación de lo que hay detrás del misterioso sueño de Daisy, bastarían para sostener la novela, pero en ella hay mucho más. Su búsqueda se desarrolla en paralelo con la de otro personaje no me-nos memorable, Stan Fielding, el padre que Daisy tuvo y perdió tras la separación de su madre. Un hombre lleno de defectos («siempre corriendo detrás de la verdad, sin acabar de alcanzarla nunca, y delante de la justicia, sin que tampoco le acabase de alcanzar» ) , que una y otra vez ha recurrido al auxilio de su hija sin serle jamás de mucha ayuda, y que ve llegado el momento de demostrarle que la quiere y está ahí, conduciéndola y protegién-dola en su empeño de desvelar el enigma.

  Son estos personajes, y algunos otros, los que forman el mosaico, de delicada factura, que convierte a Un extraño en mi tumba en una novela singularmente completa y compleja, en la que brilla una infrecuente comprensión de la naturaleza mascu-lina y femenina, unida a una lúcida mirada sobre los engranajes averiados de la sociedad en que se desarrolla la historia (la California de los 50) y una soltura envidiable para llevar al lector hasta la persuasiva y sorprendente resolución, en clave realista, de un enigma cuyo planteamiento parecía fantástico.

  Resulta especialmente digna de subrayarse la habilidad con que la autora, desde un punto de partida en apariencia ab-surdo y banal, acaba sumergiéndonos en una indagación llena de hondura acerca de cuestiones tan relevantes como la propia identidad, la soledad del ser humano o las relaciones paternofiliales (que, sobre todo en lo que respecta a la variante padre-hija, están reflejadas con una sabiduría y una emoción difícil-mente igualables). Y todo ello, sin que en ningún momento de-caigan el ritmo y la fluidez de un relato que rebosa naturalidad.

En este como en otros libros de Margaret Millar, los perso-najes descubren que tras la realidad más o menos ordenada en que creían vivir hay otro mundo, cuya visión altera su equilibrio. La irrupción de lo irracional hace que se tambaleen sus certi-dumbres y experimenten desasosiego e inseguridad. La propia autora, al final de sus días, hubo de enfrentarse a algo semejan-te, primero con el Alzheimer de su marido y luego con la deca-dencia propia, que obligó, contra su voluntad de seguir llevando una vida independiente, a internarla en un asilo. Dicen que mu-rió contándose a sí misma sus propias historias. Por suerte, an-tes las había dejado escritas para que pudiéramos apreciarlas, como en estas páginas, en la plenitud de su talento. 

 

LORENZO SILVA

                                               Getafe-Sevilla, 10 de marzo de 2008  





PRÓLOGO

 

JIM THOMPSON Y EL ASESINO DENTRO DE SÍ

 

 

 

Nacido el 27 de septiembre de 1906 en Anadarko, Oklahoma, hace algo más de un siglo, James Myers Thompson fue siempre Jim. Para usar el «James» ya estaba su padre, corrupto sheriff del condado entonces, borrado en México en los años siguientes, petrolero tramposo en Texas después, figura ambigua y poderosa que, cuando murió en un asilo y comiéndose el relleno del colchón (sic) hacia 1941, dejó al hijo que empezaba su primera novela en deuda, culposo y absolutamente referido.

Todo no deja de ser un verdadero picnic psicoanalítico para los críticos que no se han privado de rastrear huellas autobiográficas en una obra —tres decenas de novelas concisas, violentas y inconfundibles— que es sólo y nada menos que la modulación obsesiva de unos pocos temas en unos contados escenarios: los lugares y oficios múltiples que conoció, poblados de asesinos cerebrales, alcohólicos y desgraciados marginales sin salida. Un mundo opresivo de personajes determinados por el contexto social y/o la fatalidad de una índole perversa. Nadie podrá olvidar al Lou Ford de El asesino dentro de mí, ni al Nick Corey de 1280 almas, los pavorosos y reflexivos narradores de sus novelas más emblemáticas, psicópatas confesos con el asesino dentro de sí...

Sin embargo, el testimonio de su familia —cuando murió en 1977 dejó mujer y tres hijos— y de quienes lo conocieron de cerca ha coincidido siempre en mostrar a un Thompson amoroso y solidario que sacaba de sí mismo, a la hora de ficcionar, oscuridades sin fondo. Acaso para mostrar la vigencia del postulado tácito en cada una de sus tramas: «Nunca nada es lo que parece». Maltratado por el tabaco y el alcohol precoces, hombre sensible a las inquietudes sociales de su tiempo e incluso adherente fugaz del ordenador en los treinta, el autor de las autobiográficas Chico malo y En bruto estuvo habituado a ver, desde siempre, la cara de la desgracia. Juan Carlos Onetti, buen lector de policíacas, debe haberlo tenido entre sus favoritos del género.

Una particularidad de la narrativa de Jim Thompson es el soporte que eligió para publicarla. Tras sus tres primeros intentos durante los cuarenta con la tradicional edición de tapa dura dentro y fuera del género criminal, a partir de 1952 y en algo menos de cuatro años, produce por encargo para la editorial Lion una serie impresionante de trece novelas en formato de bolsillo —publicaciones de 25 centavos—, que constituyen el corazón de su obra. Nadie en ese momento, excepto Robert Bloch y algún otro crítico, vio lo que estaba pasando ahí: Hammett ya fuera del juego, Chandler agotado tras El largo adiós, algo nuevo y salvaje que no era el fascismo de Spillane irrumpía desde la selva del kiosco.

Las ráfagas de bonanza que significaron para Thompson que el joven Stanley Kubrick primero lo eligiera —se confesó su admirador— para que metiera mano en el guión de la inicial policíaca Atraco perfecto (1956) y luego del memorable alegato antibélico de Senderos de gloria, con Kirk Douglas, al año siguiente, no alcanzaron para que su carrera despegara. Tenía cincuenta años, viviría veinte más, y mientras escribía ocasionalmente y sin demasiado entusiasmo para la televisión, el cine volvería a reclamarlo con adaptaciones —tardías— de su propia obra. Famosamente, Peckinpah hizo La huida con Steve McQueen y Ali McGraw en 1972, y Burt Kennedy —con menos ruido— El asesino dentro de mí en 1975. Pero él ya casi no estaba. Tampoco estaba, hacía rato ya, cuando Stephen Frears hizo una obra maestra con Los timadores. Le hubiera gustado el papel que hizo Angelica Huston, seguro.

Para leer a Thompson en castellano —para descubrirlo, bah— hubo que esperar más que con otros de su talla. Desde mediados de los setenta empezaron a difundirlo editoriales como Grijalbo y José Batlló. Después, el Club del Misterio de Bruguera. Ya avanzados los ochenta se lo tradujo masivamente, aunque no siempre con prolijidad: Cosecha Roja, de Ediciones B; Etiqueta Negra, de Júcar, y un par de colecciones más monopolizaron los títulos de Thompson. Y es durante esos años —la década inmediata a su oscura muerte en 1977— que se produce, también en Estados Unidos, su redescubrimiento. Él mismo lo había previsto así cuando, antes de morir, no había un solo título suyo en las librerías de su país.

En realidad, la fama de Jim Thompson, como ocurrió con la de David Goodis —con quien tiene muchos puntos en común—, fue un «invento francés». No es casual que el mítico Marcel Duhamel, director de la Série Noire de Gallimard, le tradujera su primera novela dentro del género, Sólo un asesinato —una prolija y bien escrita variación sobre el tema de El cartero siempre llama dos veces—, ya en 1950, un año después de su publicación original, y que después eligiera 1280 almas —insólitamente reducida en francés a 1275 âmes...—, una de las mejores y más emblemática de sus novelas, para celebrar el número 1000 de la colección, en 1964. Claro que para entonces lo mejor de Thompson ya estaba escrito.

También de Francia llegaron los tributos mayores y más respetuosos a la hora de ponerlo en la pantalla. En 1978 Alain Corneau hizo Serie Negra, su versión de Una mujer endemoniada, y el excelente Bertrand Tavernier ambientó en África las sordideces de 1280 almas en Coup de torchon. En los últimos veinte años —me entero por Javier Coma, que de esto sabe demasiado— no han dejado de llevarlo a la pantalla en su país, sobre todo a la chica.

Dice Max Allan Collins —uno que se hizo cargo de los argumentos de Dick Tracy a la muerte de Chester Gould y que sabe y suele escribir con autoridad sobre autores de novela policial norteamericana— que acaso Jim Thompson sea a James Cain lo que Chandler fue a Hammett. Si éstos, entre otras cosas, trabajaron sobre la figura del detective, le dieron humanidad, espesor y psicología. Thompson —como Cain— partió del otro lado del relato, de la fatalidad que lleva al crimen. No hay detective ni investigación, y la autoridad suele ser, precisamente, el asesino. Y ahí, paradójicamente, se cruza —en negativo— la sombra de David Goodis. El autor de Senda tenebrosa, El anochecer o Viernes negro contó sus maravillosas historias sombrías «desde la víctima». Y su paranoia tiene mucho en común, es el complemento exacto de los sádicos psicópatas de Thompson. Ambos, en esos coloridos libritos baratos que saturaban los kioscos yanquis de hace algo más de medio siglo, contaron como nadie la pesadilla en que devino ese sueño americano postergado sin término.

De todos esos textos feroces, acaso sea El asesino dentro de mí, publicado en 1952, su testimonio más elocuente.

 

JUAN SASTURAIN

 

 


Comentarios