Lunes, 20 de octubre de 2008
Publicado por negraycriminal @ 13:44
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El Mundo
, 17/10/2008. CULTURA

 

 CARTA A UN TÍMIDO SENTIMENTAL

 

Autor: DANIEL VAZQUEZ SALLES  

 

 

 

 

 CINCO AÑOS SIN VAZQUEZ MONTALBAN Carta a un tímido sentimental Todo parece ir a peor desde que el autor se 'exiliara' en Bangkok, hace un lustro. ¿Un guiño del destino a su sabio pesimismo? Así lo sugiere su hijo en esta carta en recuerdo del hombre-padre y del hombre-escritor  

 

  

 

  

 

Querido Manolo:

han pasado cinco años desde que te exiliaste en Bangkok y creo, con franqueza, que no es la mejor época para que vuelvas. Los graznidos de los pájaros que sobrevuelan el mercado de Chatuchak son menos estridentes que los lamentos de los brookers desarmados por sus propias leyes. Ahora que el mundo global se desploma y cae en un mar de histeria colectiva, los hombres vuelven a buscar islas diminutas en las que esconder sus complejos y sus miedos, y no te sorprendas si coincides con alguno de estos náufragos existenciales en alguna barra de bar en la que estés con tu amigo-hermano Jaume Perich. Si se da el caso, seguro que acabarás invitando a un singapour sling mientras brindas con la copa alzada: «¡Por la caída del régimen!». Después, fusilarás la sentencia con «¡Qué régimen, no importa!».

Cinco años no son nada podría ser un hermoso título para uno de esos tangos que tanto te gustan. Himnos o canciones que hablan de soledad, nostalgia y amores destripados, cantados por voces arrancadas de las profundidades de una tierra en la que están enterradas miles de víctimas de la dictadura. Te fuiste a Buenos Aires y volvió Pepe Carvalho con un montón de amigos en la maleta de la memoria. Pero a pesar que estos años han sido un leve suspiro en el tiempo, tu ausencia ha tenido la cadencia de un lento goteo para los que ajustaban su brújula ideológica con tu columna de los lunes tormentosos. I don't like mondays, cantaron The Boomtown Rats. Quizás sea un desliz incluir en esta carta una canción que es parte de mi educación sentimental; de Brassens, Raimon y la Piquer hablaremos otra vez.

Lo cierto es que, desde que pusiste tierra de por medio, los lunes tienen para tus acólitos la sórdida melancolía de los domingos. A menudo, durante un encuentro casual, me preguntan ¿qué hubiera dicho Manolo sobre esto o lo otro? Pregunta a la que le sucede una respuesta que tiene anchura y fondo de agujero negro por la seguridad de que la respuesta no va a hacer justicia ni a tu memoria ni a la necesidad del que indaga. No se si estarás de acuerdo conmigo pero un escritor no pertenece a la familia, y menos a un hijo; un escritor pertenece a los lectores y son los libros los que curan todas las dudas a los que dudan. Ahora que estoy inmerso en esta jauría de egos literarios o mediáticos, entiendo la razón por la que, como escritor, quisieras salvaguardar tu capacidad creativa y de paso la salud de la familia convirtiéndote en un ser bipolar. Aún sonaban las campanas por la muerte de Franco cuando, ante mi pregunta de niño herido, «¿Y a mí por qué nunca me sacas en un libro?», me contestaste: «Un hijo no es responsable del padre que tiene».

Con suerte, el hombre escritor y el hombre padre se comunican por un frágil puente que utilizan de vez en cuando para hacer contrabando de experiencias que alimenten al moribundo, sea quien sea. Viajamos a Grecia, y del Golfo de Corinto nacieron versos que luego integraste en tus poemarios. Viajamos a Nueva York y a la República Dominicana, y de la Quinta Avenida y de Santo Domingo volvimos con la sombra de Galíndez pegada a nuestras vidas. Viajaste del Barrio Chino a la universidad a finales de los 50, y volviste a la calle Botella con Anna y más tarde, conmigo en brazos. Por lo tanto pido perdón si digo que no voy a contestar nada si no es en tu presencia. Como hijo, formo parte de la trastienda de tus libros y, por lo tanto, mi subjetividad es un ruido demasiado fuerte para satisfacer a los que buscan un punto de luz en la caverna.

Sí me sorprende, y te lo digo ahora con cinco años más en las articulaciones y cinco años menos de pelo en la cabeza, tu capacidad para ver el futuro. Don que tiene poco de divino y mucho de pesimista. Ese desánimo, gracias al que llegaste a vaticinar tu propia muerte en El cartero ha traído el Bangkok Post, te llevaba a parafrasear constantemente la estrofa cantada por los Golpes Bajos, Malos tiempos para la lírica, hasta convertirla en leit motiv. Ese pesimismo tan gallego, pasado por el filtro de un barrio de perdedores históricos como el Chino, te convirtió en inmune al optimismo. Del optimismo a la derrota hay un paso y, como casi siempre, te adelantaste a los videntes políticos, económicos o culturales que pueblan los universos. Fue en La aznaridad, ensayo dedicado a un estadista de fast food, donde dibujaste un futuro desolador ahora convertido en un presente devastador.

Aquel 11 de septiembre estábamos juntos en casa, absortos ante el derrumbe de las dos piernas del Imperio. Después, ese Yalta post moderno que fue la declaración de la Azores y el inicio de la guerra en busca de las armas de destrucción masiva resultaron un siniestro epílogo de tu libro. Como intuiste, las armas estaban empaquetadas para la venta en casa de Bush Jr. Pero jamás imaginaste el horror sufrido del 11 de marzo de 2004. Es probable que esa capacidad intuitiva sea fruto de tu militancia sentimental. En el libro entrevista Geometrías de la memoria, escrito por George Tyras, decías con ironía que cuando a principios de los 60 entraste en el PSUC, tu timidez hizo pensar que eras un infiltrado. «Lo que no se imaginaban es que en realidad siempre he sido un anarquista, como mi madre».

Ante la imposibilidad de que existan en este mundo cientos de Erec y Enides, tal como los glosaste en tu poemario Una educación sentimental, aplaudo que hayas elegido el útero materno para protegerte de los males que nos castigan. En Rosebud, el libro de poemas que dejaste guardado en tu ordenador perdido un 18 de octubre en el aeropuerto de Bangkok, reclamas el derecho a volver a aquel instante en el que fuimos felices y que queremos recuperar siempre que necesitamos el abrazo caliente de la memoria. Si para Kane su punto y aparte era un trineo, para ti tu Rosebud fue una imagen, tu madre andando por la calle, en una mano una bolsa de aceitunas negras, en la otra, un trozo de pan blanco, estampa que te conectaba directamente con el cordón umbilical y la plácida ingravidez del útero. Sería de egoístas pedirte que abandones tu retiro asiático y vuelvas a casa, ahora que estamos en tiempos coléricos y reparten por la calle carnets para militar en el miedo. Ante la magnitud del desastre, dicen que es hora de reinventarlo todo para salvarlo todo. La pobreza por supuesto, y el capitalismo...también.

Recuerdo que una vez volviste escondido dentro de un féretro rojo y tras recogerte en el Prat, te devolvimos a las aguas de Cala Montjoi para que reiniciaras el viaje. Creo que nos lo agradecerás de por vida. Lo único que te perdiste fueron las ligas y la Champions del Barça, siempre tan propenso a la autodestrucción. Ah, y evitaste los estragos de botox en tu amada Sharon Stone. Como decía Gil de Biedma y tu repetías: La vida no es como la esperábamos.

 

 

 

 

 

      

 

 


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