miércoles, 28 de enero de 2009
LILIAN NEUMAN ENTREVISTA A MICHAEL CONNELLY
LILIAN NEUMAN y MICHAEL CONNELLY
LA VANGUARDIA/ CULTURAS 28 de enero

Un día hace muchos años Michael
Connelly (Filadelfia, 1956) decidió
seguir la senda de Raymond
Chandler. Y lo hizo a fondo, dejando
Florida, donde trabajaba como
reportero, para instalarse en Los
Angeles. En otras palabras, se fue a
vivir al escenario de Philip Marlowe
y, como Chandler en su día, estableció
su propia relación con la
ciudad. Una relación que en verdad
ha ido resolviendo a través de
su personaje –tremendo personaje–
desde 1992, con la publicación
de El eco negro: el policía Harry
Bosch.
Es posible –muy posible– que
Harry Bosch sea en nuestro tiempo
lo que Philip Marlowe fue en
los años 40. Dicho de otro modo,
¿qué novelas escribiría Chandler
hoy?: “Creo que la temática de
Chandler daría un viraje hacia la
corrupciónen la ciudad a través de
la codicia. Creo que hoy Chandler
dirigiría su mirada hacia la destrucción
de los barrios por la droga y el
poder. Y lo creo por su gran sentido
para captar la belleza deteriorada
de esta ciudad”.
De Harry Bosch –El último coyote,
Luz perdida, Pasaje al paraíso, El
vuelo del ángel (reeditada por Zeta
Bolsillo) y Echo Park (Roca)– sabemos
mucho más que de Philip Marlowe:
hijo de una prostituta, fue
criado en casas de acogida, combatió
en Vietnam, tuvo un matrimonio
doloroso con Eleanor, una hija
que hoy está lejos, fue desahuciado
del cuerpo policial y luego readmitido,
vivió una accidentada relación
con Rachel, una profiler del
F.B.I. Bosch no es un tipo comunicativo,
pero sabemos mucho de él:
“Creo que esto se debe a la forma
en que las novelas de detectives
han ido cambiando. Hoy es posible
encontrarse con un detective
mirando en su interior, esperando
resolver algo sobre sí mismo al mismo
tiempo que resuelve un caso.
Esto realmente no pasaba en la época
en que Chandler desarrolló su
trabajo”.
Se debe decir que existen novelas
de Connelly sin Bosch, como
Deudade sangre (que reedita ahora
Ediciones B), protagonizada por
Terry McCaleb, ex del FBI que se
recupera de un trasplante de corazón
mientras afronta una investigación
que lo toca muy de cerca. En
verdad, Connelly ha creado una especie
de familia de personajes, que
van y vuelven y que hasta se emiten
guiños entre ellos: en El vuelo
del ángel le preguntan a Bosch qué
le parece la película de Clint Eastwood,
la versión cinematográfica
de Deuda de sangre.
Pero el genio es Bosch. En esta
última El observatorio (Roca), sólo
un tipo que no tiene empacho en
incomodar al FBI (incluida su ex
Rachel, a quien metió en un serio
problema en Echo Park), que no duda
en contradecir y burlar las reglas
del juego, y a la vez tan obsesivo,
detallistayvaliente hasta el delirio
como Bosch, puede poner en
marcha el aceitado mecanismo de
este thriller policial y político: “Es
un gran elogio para Harry, muchas
gracias. Sí, quiero que Harry sea el
centro de la rueda, porque yo veo
la historia como un coche. Harry
es su conductoryquiero que el lector
se deje llevar por él, que confíe
en el, aún sin saber adónde lo va a
llevar. Cada escritor encuentra su
propio camino. No estoy seguro de
que para unos sea más importante
el carácter del protagonista y para
otros el argumento. Para mí, es mejor
preguntarme qué quiero hacer
con Harry y luego buscar el argumento
en donde esto pueda desarrollarse.
Esto no quiere decir que
el argumento no sea importante.
¡Todo es importante! Desde el principio,
cuando inicié mi viaje con
Bosch, busqué un sabor determinado:
que él formase parte del cuerpo
de policía, que cargase con una
chapa de identificación, pero que
al mismo tiempo se sintiese un outsider.
Quería que fuese sospechoso
dentro de la organización de la que
formaba parte. Fue una forma de
crear un arquetipo clásico: el detective
solitario”.
De Connelly se recupera hoy
una parte de su vida profesional
que fue decisiva: su etapa, en sus
inicios, de periodista de sucesos:
Crónica de sucesos (Ediciones B)
trata diversos asuntos escabrosos
–asesinos reincidentes, víctimas
del abandono familiar, ladrones y
violentos incorregibles–, los que
Connelly siguió de cerca, al mismo
tiempo que, observando a los detectives
de verdad, iba creando de a
poco a su detective de ficción. Notable
el prólogo (Momentos. Todo
se reduce a momentos) y dos hechos
evidentes. Uno, que su época
de redactor le proporcionó algo
que mantiene hasta hoy: buenos
contactos con la policía. Dos, la voluntad
de narrar –sea realidad o ficción–
con precisión e intensidad:
“Creo que el peor error que puede
cometer un reporteroounnovelista
es el mismo: perder velocidad,
ritmo (es más interesante respetar
al Connelly original: to lose momentum).
Sea una historia real o una
novela, lo que el lector espera es velocidad.
Quiere ser llevado en una
suerte de carrera. Si ustednoescribe
con fluidez y con claridad, se
empantanará.Y el lector se empantanará
con usted. Usted ha perdido
velocidad”.
En cuanto a la relación con sus
informantes, hay algo singular: porque
Connelly ataca una y otra vez
contra la corrupción de la policía.
“No es problemático escribir sobre
eso porque es la realidad. Los policías
que me ayudan afrontan esta
realidad cada día, y en definitiva
no hago más que subrayar las dificultades
que ellos tienen a la hora
de hacer su trabajo”.
Connelly, considerado uno de
los más importantes escritores
americanos de novela negra –un lugar
de honor que comparte sin duda
con Dennis Lehane (Mystic river)–,
sigue trabajando tenazmente
cada día en las historias de Bosch.
Se diría que convive con Bosch
desde hace diecisiete años. ¿Bosch
ha cambiado la vida de Connelly?
“Creo que cada uno influye sobre
el otro. Creo que lo más importante
es que los dos tenemos hijas de
la misma edad. La vulnerabilidad
ante la paternidad, eso es algo que
los dos sentimos.”

