Lunes, 22 de junio de 2009
Publicado por negraycriminal @ 7:22
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ABC 10-6-2009



El sueño eterno


 

Primero fueron Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Tiempo después llegaron nombres como Simenon o Ellroy y, más recientemente, el sueco Henning Mankell y el italiano Camilleri, hasta culminar en el enorme éxito del malogrado Stieg Larsson y sus hombres que no amaban a las mujeres. Con variantes y matices concretos en función de la idiosincrasia y estilo de los distintos autores, es un hecho evidente que el género negro está de moda entre los lectores de hoy, ya sean éstos habituales o meramente esporádicos.

 

Resulta un ejercicio sumamente esclarecedor vislumbrar cómo el auge de la novela negra se corresponde de modo indefectible con épocas de crisis, con períodos históricos en los que la sociedad se encuentra inmersa en una situación de caos moral y huérfana de valores. La corrupción es la materia prima, el entramado sobre el que se asienta el género. Lo que se esconde bajo las alfombras del poder es lo que trae de cabeza a Philip Marlowe, ya luzca éste las facciones de Bogart o el cinismo lacónico de Robert Mitchum. Como un Quijote moderno, Marlowe combate por puro hastío los abusos de los facinerosos, sus turbios manejos y ausencia de escrúpulos. Garzón, el juez estrella -últimamente estrellado- habría sido un digno epígono suyo, de no perderle por entero su afán de notoriedad.

 

Como dato revelador, el primer detective de postín no fue en sus orígenes un servidor del orden sino un ex criminal, el delincuente parisino Vidocq -más tarde primer jefe de policía de la Sûreté-, personaje real que devino en el investigador Dupin, con el que Edgar Allan Poe dio el pistoletazo de salida literario. Sir Arthur Conan Doyle cogió el testigo y reivindicó, en plena era victoriana, el imperio de la razón, del método deductivo que era el estandarte de Sherlock Holmes y sus privilegiadas células grises.

 

En los albores del siglo XXI, la novela negra se ha vuelto aún más oscura que en los años teñidos de sangre de la Ley Seca. Su parentesco con la tragedia griega permanece incólume: ambos desnudan con certeza las grandezas y miserias del ser humano. En su flamante obra maestra, Ciudad Santa, el argentino Guillermo Orsi nos muestra el corazón de la urbe actual, y da fe de que los héroes, si bien existen, no abundan. Caminan solos y, a menudo, mueren solos. Entretanto la muchedumbre se arremolina en un torbellino sin fin, a la búsqueda de algo intangible llamado felicidad.

 

Ese sueño eterno.




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