La luz de las velas se había extinguido; esa luz perennemente grácil resultado de un pabilo húmedo. Cirios ahora envueltos en lágrimas de cera, secas y con toques negruzcos, sin otro objetivo que el de apagarse, dejando aquel templo en penumbra, como si la oscuridad hubiera sido la conquistadora; y ellas hubieran llorado la muerte de aquel hombre que yacía junto a la fuente de agua bendita dentro de un círculo de piedra.
Vanessa P.