viernes, 21 de enero de 2011
Publicado por negraycriminal @ 18:01
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Patricia Highsmith

Lavanguardia.es

 “Patricia Highsmith”

Joan Schenkar

 Circe

 Traducción de Clara Ministral

Vida y obra de un oscuro genio.

 por LILIAN NEUMAN

   

   Era muy joven, intentaba abrirse paso en el mundo editorial de Nueva York, en los años 40, y en su diario escribía: “A la mierda con la identificación del lector en el sentido convencional o con un personaje que despierte simpatía”.

 

 Era genial; lo fue de a poco y sudando, aceptando rechazos editoriales hasta el final de su carrera, y amenazándonos lenta y parsimoniosa con la catástrofe. Sin embargo, muchos años después, un editor americano seguía  justificándose: “¿Quién va a querer identificarse con los personajes de Highsmith? Son mezquinos, no tienen corazón, ni empatía”.  Justamente ese fue su gran arte, su incomprendido arte en ese, su país que perdía “noción de la realidad”: atraparnos casualmente en las vidas de seres aparentemente normales, pero desde Extraños en un tren (1950) hasta El grito de la lechuza (1962), (y Ese dulce mal (1960), y otras tantas excelentes novelas) capaces de lo peor.

 

 La odiamos, la queremos, nos pone los pelos de punta, también a lo largo esta biografía. Joan Schenkar  se sumergió en los Archivos Highsmith, -250 manuscritos, 38 cuadernos de apuntes (ella les lamaba “cahiers”), 18 diarios- además de hablar con quienes tuvieron la fortuna y la desdicha de tratar a esta mujer –y aquella muchacha tan joven y ya tan decidida- de vocación y disciplina de hierro, más allá de sus constantes mudanzas en Nueva York y en Europa,  hasta terminar sus días en una casa-bunker en Suiza, en donde vivió hasta el año de su muerte, en 1995.

 

El trabajo de Schenkar es exhaustivo y, paradójicamente, pareciera que Highsmith le tendió una trampa de las suyas: dejar demasiada información sobre sí misma y, sobre todo, sobre las mujeres que amó y odió, en esos cahiers que ella misma corregía y acotaba pensando en nosotros, esos lectores a los que ahora mismo nos parece que Highsmith nos sigue clavando sus ojos fieros, bajo su espeso flequillo. Anagrama –su editorial en España, que le otorgaba la categoría literaria que se le escatimaba en los Estados Unidos- recupera en un solo volumen toda la serie del nunca bien interpretado Tom Ripley desde A pleno sol (1955);  la editorial Mosaico ha publicando en bolsillo algunos de sus títulos, incluido Suspense, su valiosísima reflexión sobre el arte de narrar. 

 

 Demasiada información sexual-sentimental que tal vez difumina el perfil de una chica nacida en un pueblo de Texas en 1922, criada durante un tiempo por su idolatrada abuela (jamás se atrevió a escribir sobre ella, porque nunca se consideró a la altura); una joven atractiva y chafardera que fracasaba a la hora de ganarse un lugar en los ambientes literarios de los años cuarenta. (“Refréscame la memoria”, dice Norman Mailer, “¿era una autora de novelas de detectives de calidad?”).  No obstante, no deja de ser inquietante esta escena: Highsmith clavando una  y otra vez una navaja en la mesa de madera, mientras mira fijamente a su novia. Y de todo ese berenjenal de amores y odios, lo mejor es el resultado literario: por ejemplo, la abominable pareja de Mar de fondo (1957).

 

 Este minucioso libro,  no obstante, depara otras importantes revelaciones sobre sus lecturas y sobre episodios de su vida que acabaron en novelas, y otros que quiso ocultar. La joven Highsmith  fue rechazada en  The New  Yorker, Vogue –encima va a la entrevista hecha  un desastre-, y otras importantes publicaciones. Y, en cambio, y durante siete años, se ganó la vida escribiendo historias de superhéroes. Vivía su doble identidad: de día escribía las historias de “Matajaponeses”y “Zumbador” para la floreciente industria del comic,  y de  noche su obra meditada y llena de traumas, hasta dar a luz a otro gran superhéroe suplantador: Tom Ripley.

 

   A  mi juicio, lo más genial es verla a Higmsmith ya mayor, en su casa en  Suiza, entreteniéndose en adoptar nuevas identidades, y cambiando su caligrafía para escribir airadas cartas de protesta a autoridades y periódicos. Se pasó toda la vida despotricando contra todos, también en contra de los judíos, y en verdad ella misma afirmaba que nadie le caía bien. Aunque en Suspense nos habla con gran simpatía de ese gran amoral llamado Tom Ripley. Y, como le gustaba la carpintería, un buen día le fabricó un barquito de madera a una rana instalada en el fondo de su casa, a quien llamó Dorothy.  

 

  Pero lo que no debería perderse en esta maraña de información es esa terrible novela que Higmsmith tampoco pudo escribir, con su madre de protagonista. Mary –que murió a los 95 años- es omnipresente hasta la pesadilla. Se dedica a cartearse con amigas y amantes de su hija, y su sola presencia es sinónimo de tremebundas peleas. (Patricia Highsmith se desmaya literalmente cuando le anuncian que ha llegado a Inglaterra a visitarla, y Highsmith tiene más de cuarenta años). Una madre que a veces es una amiga, otras un monstruo culpabilizador al que hay que esconderle los manuscritos para que no los rompa.

 

   “PAT ESTA ENFERMA”, le escribe, así con mayúsculas, a una amiga de su hija. La trata de “insegura”, “indecisa”, “influida por mujeres siempre mayores que ella”  Y, curiosamente, en otra de sus floridas cartas le dice a aquella aterrorizada novia: “Jamás te habría hecho daño con esa navaja (…). Es demasiado cobarde cuando ve sangre, ella habría sido la primera en caerse redonda. Se desmaya con un pinchacito en el dedo”

 


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