Lilian Neuman en La Vanguardia
Carme Riera
“Muerte en el campus”.
Venerable osadía, la de esta escritora de importante trayectoria, catedrática de la Universidad Autónoma que decide contar un asunto criminal muy serio y muy grave (y muy sangriento) que se desarrolla, justamente, por los pasillos, despachos, baños y jardines del campus de esta, su universidad, a la que convierte en un lugar de pesadilla.
Es interesante su nota al principio del libro, en donde Riera se refiere a la desaparición, en 2007, de un estudiante de erasmus del que nunca se volvió a saber. Y no fue éste el único caso de desaparición. Es posible que estos hechos reales le hayan disparado la imaginación –y también la reflexión, y la ironía (y una sutil mala leche)-, para desarrollar un caso que empieza, también, con una desaparición.
Qué se ha hecho de ese estudiante rumano, por qué no aparece por ninguna parte. Primera pregunta de la que será una escalofriante serie de incógnitas. Aquí muere gente, sus cadáveres aparecen de muy horrible manera, y al final no habrá profesor con algo de seny que, si es que se atreve a ir a trabajar, no lo haga encerrándose con llave en su despacho.
Ni así, de todos modos, se está a salvo. Y la verdad es que el campus acaba volviéndose un lugar claustrofóbico y letal. Un misterio de gigante habitación cerrada. ¿Cómo lo consigue esta escritora, editora de los diarios de Carlos Barral (entre otros importantes trabajos de y sobre literatura), que ya en L’estiu del anglès se acercaba al mal con una intriga muy distinta de ésta, pero también cargada de amenaza? Lo consigue con una narración que avanza como una maquinaria impiadosa, una crónica de los hechos que no admite tregua (en otras palabras, que leyó con detenimiento el género, además, como aquí lo agradece, de acudir a dos ineludibles como Francisco González Ledesma y Andreu Martín). Primero, esa estudiante italiana y sus dos amigos denunciando la inexplicable desaparición de su compañero (con una impagable comparecencia en TV3). A continuación, el hallazgo de un primer cadáver (que no es el del estudiante). Esta es una novela de crimen con todas las letras, de esas que se leen de una sola vez porque no es posible que esté pasando lo que está pasando (se vuelve uno medio paranoico, porque mientras alguien se distrae un poco, ya hay otro cadáver por ahí). Y, pese a que aquí no caben zonas de descanso ni demasiadas digresiones, la autora describe unos personajes que nos lo dicen todo del mundo que nos toca vivir: la decana, con el peso de la tragedia en sus espaldas; la inspectora de los mossos –un personaje realmente bueno-, ciertos cargos diplomáticos (y mejor no decir nada más). Y esa música de fondo de los universitarios en plena protesta anti Bolonia, que acaban sonando como una comparsa lejana. Ante la muerte, nada importa demasiado, nada era relevante (y a saber si éste no es el crucial asunto que nos aguarda en el fondo, la banalidad fuera y dentro de los claustros, la corrección y la derrota).
Queda la impresión de que esta escritora se ha divertido realmente con este libro. Divertido seriamente, que es lo que hacen los buenos autores de novelas criminales. Si se me permite señalar a mi personaje favorito –entre tanta gente bien pensante-, me quedo con éste: ese soberbio catedrático, maduro, seductor imparable y unas cuantas cosas más. Esos que bien merecerían una paliza. Aquí hay unos cuantos que merecían, sino un buen sopapo, una afilada pluma literaria y criminal. Tiemblen todos, porque aquí la tienen.