En La vanguardia, abril 2011
“Los que hemos amado”, Willy Uribe
Los Libros del Lince
“Camino de perdición”
Ha escrito crónicas de surf, y es autor de un trabajo que quienes seguimos el nacimiento y la –fugaz- primera época del periódico Factual no hemos olvidado: fotografiar y escribir sobre los lugares en donde ETA asesinó, a la misma hora, hace cinco, diez o veinte años.
Algo de ese mundo en donde todo puede ser normal, hasta que se es objeto de un guiño raro -porque para muchos matar es parte lícita de la vida-, estaba en su muy buena novela Sé que mi padre me decía, publicada por el mismo editor (Enrique Murillo) que en su día lo descubrió con la novela Nanga, y que hoy recupera a Willy Uribe (Bilbao, 1965) con esta dura, muy dura y potente novela de dos chavales que poco y nada entienden de la realidad. O, más bien, uno de los dos sí que sabe las suficientes cosas como para ser artífice de un crudo y obsceno engaño.
La terrible cuestión es que esto puede tratarse como un libro de iniciación adolescente, el de un chaval del barrio de Algorta, en Getxo, llamado Sergio Santos que no tiene nada, además de una madre en fuga y un amigo millonario que le dice cosas como “Me gusta rodearme de gente interesante. Y tú, aunque pareces un tocho de madera, eres alguien interesante” Y Sergio se va con él en su coche, leyendo para distraerse una novelita de Marcial Lafuente Estefanía y pensando en esas olas de madrugada, porque esto es todo lo que sabe y quiere hacer, andar arriba y abajo con su tabla de surf. En algún momento, les llega la noticia de que “unos picoletos” han entrado a la brava en el congreso y se van a cargar la democracia.
Pero el viaje de Sergio en aquel 1981, el accidentado regreso a Algorta y nuevamente el viaje (esta vez definitivo) lo lleva a otra realidad que está construida con lo peor de cada gente, en Salamanca, en Madrid, y en todas partes. No hay piedad para ese chico fatalmente ligado a ese amigo suyo, hijo de un magnate del puerto de Bilbao, y a un hippie traficante que les deja su casa en Marruecos. Todo lo que podía seguir un buen curso se tuerce, como una mala marea anunciada.
Y las costas de Getxo, y allá al fondo Portugalete; todo tan hermoso y tan salvaje, tan cargado de mentira y abandono. Nadie verá este territorio sin pensar en una chica de falda de colores arrojándose desde lo alto. Y en una madre –qué personaje- de la peor calaña.