Martes, 04 de septiembre de 2012
Publicado por negraycriminal @ 15:57
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Querido librero:

 

Como sabes, el pasado mes de mayo publiqué una novela, pretendidamente del género negro, que vuestra librería ha tenido la gentileza de cobijar en sus estantes, difundir en su página Web, e inclusive promocionar durante unos días, allá por el mes de junio, en la mesa de novedades editoriales.

La novela, que fue finalista del premio Azorín de Novela 2012, constituye la segunda entrega de los sucedidos que le ocurren a un abogado valenciano (Juan Dalmás), cuya tercera aventura estoy escribiendo. 

Desgraciadamente, he iniciado esta glosa como si estuviera redactando un obituario, pero la vida de la novela que nace ajena al circuito editorial tradicional suele ser corta, afligida, abstrusa, insegura y anónima, más allá del calor con que es recibida por los amigos, familiares, compañeros de trabajo, compadres de fines de semana y el personal más cercano a los quehaceres habituales y a las haraganerías cada vez más  esporádicas. Ya lo dijo el que lo dijo: cuando el arte se refugia en el mercado se convierte en mercancía. O algo así. 

“Amigos y conocidos”, que así titulé el libro, deseaba contar una historia donde, en su estructura sistémica, integrase tres universos: la amistad en las personas, la corrupción en la política española y el crecimiento megalopolítico de la ciudad de Valencia, ciudad-escenario específico de mis lances en lo referente a la amistad y paradigmática de los otros dos referidos ámbitos de mezquindad, además de ser una ciudad querida, aunque propia, del autor. 

Comencé la narración al inicio del siglo actual, tomando como referente histórico la mitad de los noventa, época en verdad convulsa, tanto en lo político (estertores del felipismo) como en lo económico (una crisicilla, en comparación con la actual), con un ascenso excesivo del Partido Popular, más debido a los errores de los felipistas que a las virtudes de quienes únicamente proponían que el señor González se fuera. Más o menos como hace un año. Los amigos en la ocultación de la verdadera historia puede que tengan razón en alguno de sus eslóganes: aunque conozcamos nuestra historia, los españoles estamos condenados a repetirla. Una consideración sobre la frase anterior: ¿puede suceder, versus la verdadera historia, la historia falaz? Rotundamente si: la historia oficial. 

Cuando cambia el poder, el Dedo, eso inmenso DEDO que todo lo ve, se encarga de restituir los favores recibidos durante la travesía del desierto. Se nota en los rostros de los nuevos tertulianos y presentadores de las televisiones públicas, en la sonrisa de los Directores Generales, en el retozo de los asesores personales, en la euforia de los Presidentes de las Fundaciones Públicas, en el arrebato de los Diputados Provinciales elegidos por el tercio de representación sindical, (digo, por la mesa de la Diputación Provincial), en la euforia de los Senadores elegidos por el tercio de representación familiar (digo, por las familias de los partidos que integran el Parlamento Autonómico), en la excitación de los designados  en representación del tercio representativo del dictamen de Su Excelencia el Importantísimo (ahora el Importantísimo ya no es Generalísimo, solo es cabeza de lista). 

El DEDO nombra, destituye (con o sin motorista), introduce en la Nirvana, expulsa del Paraíso, paga favores, recuerda ingratitudes (y si no que se lo digan estos meses a algunos periodistas de la RTVE). Todos creen que es justo cuando les designa y antidemocrático cuando les destituye. Todos los Directores Generales deberían tener un esclavo (aunque le llamarían becario) que se situara tras el respaldo del sillón oficial y le susurrase al oído de vez en cuando: “recuerda que eres de esencia dedocrática”. Evoco algo parecido en la antigua Roma, pero el esclavo solo le recordaba al general que era mortal. ¡Que ordinariez! 

Pero hay otros protagonistas de la historia que nunca dependen del Dedo, quizás porque ellos son los que realmente mueven los hilos de esos inmensos índice y/o corazón (el dedo índice se usa para nombrar, el dedo corazón para destituir). 

Lo que hemos venido en llamar ”el poder fáctico” existe, no es una leyenda urbana. Tito, que de verdad existe. Si te lees detenidamente los únicos diarios que necesita dicho poder (llamados habitualmente Boletín del Estado o de las Autonomías) verás cómo saben transitar por dichos periódicos. Promulgan leyes que mejoran sus actividades comerciales, inclusive las que atentan a la libertad, la ecología y hasta la dignidad de las personas, aparecen repetidamente en las adjudicaciones económicas más importantes, editan leyes contra la competencia de los mercados justos, la libre circulación de las ideas y el respeto a las personas; reciben títulos, propiedades, concesiones y otras bagatelas. Visitan al Jefe del Estado o al Presidente del Gobierno para indicarle cómo salir de esta crisis, recortando cualquier partida presupuestaria que garantice sus utilidades. El número ideal para que asistan a dichas reuniones es el de cincuenta. Presiden Patronatos, acogen la visita de los afortunados, plantean medidas correctoras, alientan lo que llaman el progreso, apoyan las Organizaciones sin ánimo de lucro cesante (todo debe ser lucro incesante y si no, se lo preguntes al yernísimo). Se agrupan para regalar yates a personas sin otra ocupación más importante que la de navegar (sin rumbo, si lo hace parecido a otras naves que declaran capitanear) y echar alguna firma en esos boletines, aunque antes también se dedicaban a matar animales allende los mares. 

Los antepasados de los que ostentan dicho poder fáctico eran responsables de Direcciones Generales Ministeriales, o eran empresarios de postín (preferiblemente banca o constructoras de obras públicas), periodistas de diarios de cabeceras con yugos y flechas, presidentes de Consejos de Administración en las empresas del INI o políticos de segunda y tercera clase en la España preconstitucional. Pero, eso sí, según estos angelitos, sus ancestros eran muy críticos con el dictador. Se suscribieron precipitadamente a las Asociaciones Políticas creadas por Arias Navarro tan pronto como el Caudillo enfermó con la tromboflebitis. Un amigo me contó la bronca que le tiró el secretario de uno de estos demócratas de toda la vida a un diputado del Congreso a propósito de no publicarse una sinvergonzonería en el boletín correspondiente; los leones de la carrera de San Jerónimo aún se descojonan cuando se acuerdan de ello. 

 De ese poder fáctico me quise referir en el libro. Las concesiones de los servicios oficiales, las adjudicaciones de las obras públicas, las llamadas privatizaciones de servicios con inversiones costosísimas que se transmiten a precio de coste (cuando no inferior a la inversión realizada) y a entidades que se mantienen siempre cercanas al poder, gobierne quien lo haga. Son personas que, escondidas en una extensa trama de empresas y dentro de una tipología extraordinariamente dilatada con diferentes personalidades jurídicas, permanecen eternamente a un flanco del poder, dejando atado y bien atado el legado histórico de la clase dominante. 

Cuando alguien se topa con tan macabros personajes, puede salir huyendo, integrarse en el juego (“ya sabes, las cosas son como son y no se puede remediar” es la frase elegida cuando das el paso al frente, para ponerte a la vera y al servicio del miserable) o joderte la vida, como le ocurrió a Juan Dalmás. 

Elegí como trasfondo para dichos enjuagues los servicios contra incendios de la Generalitat Valenciana. Puedo probar que terminé la novela en abril de dos mil nueve. Por supuesto, no podría adivinar las desgracias que durante este verano han ocurrido en los montes valencianos. Pero no estaría de más comprobar toda la documentación que debe aportar la Consellería correspondiente sobre el tema. 

Sobre estos asuntos enfoqué la novela. Lo pasé muy bien mientras la escribí. Recordé personas, lugares, emociones que creía olvidados. Abandoné personajes que en principio juzgué necesarios. Otros, se revitalizaron en la historia, buscaron un lugar en el sol mucho mayor que les presumía en el guión. Sobre todo Catrina, que se me coló entre las páginas del libro. A Juan Dalmás se le deslizó entre las sábanas y también se alojó en ese lugar de la memoria, tan doloroso, llamado nostalgia. 

Pero cuando el libro llega a manos del lector toma vida propia, es como si abandonara al autor para instalarse en el mundo efectivo, más allá de su pequeño universo. Es cuando el libro, cual hijo crecido, abandona el hogar y comienza una vida propia. Una vida enriquecida por cada uno de los lectores que añaden sus experiencias vitales a las de Dalmás, descubriendo nuevos discernimientos sobre la amistad con Pablo, el primer amor como objeto de aflicción, de las relaciones de poder de los políticos, de los empresarios arrimados al poder, de los mercados de capitales…. Y así como la marcha de un hijo te recuerda el paso del tiempo, el desenlace de una época, la llegada de la vejez…. el viaje enigmático del libro por los distintos lectores con los que se pudiera topar te reconforta, te lleva a una juventud abierta a la exploración de otros universos. 

Por todo ello quiero dar las gracias a todos los que, de alguna manera, me han ayudado en la publicación y distribución del libro. 

Y a tu librería, porque ahora se con certeza que mi libro es una novela negra. La única manera de constatarlo es sabiendo que está en vuestras estanterías.

Muchas gracias. 

Ignacio Cort Cañizares


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