Martes, 25 de septiembre de 2012
Publicado por negraycriminal @ 14:22
Comentarios (0)  | Enviar

Artículo de La Nueva España, de Gijón.

Novela negra de calidad

John Banville vuelve a esconderse tras Benjamin Black en Muerte en verano

 

 

 

 

 

 

FRANCISCO GARCÍA PÉREZ John Banville es uno de esos narradores a los que ningún crítico que esté a la última tose y ante quienes se adopta una postura reverencial. Por lo tanto, novelas tan dispares como las dos últimas que ha escrito, El mar (muy buena, a mi juicio) o Los infinitos (un pestiñazo, a mi parecer), apenas han tenido críticas: han tenido elogios. Pero Banville, desde2006, ha descargado parte de ese bagaje que se le adjudica con la horrible fórmula «escritor de culto» gracias a un seudónimo o heterónimo que se ha creado y con el que lleva cinco novelas de intriga, de suspense o negras: como Benjamin Black ha firmado El lémur, El secreto de Christine, El otro nombre de Laura, En busca de April y, la que ahora nos ocupa, Muerte en verano. Denominadores comunes: el Dublín de los años 50 del XX; unos cuantos personajes recurrentes bajo el protagonismo de Quirke, un médico forense grandullón, alcohólico que lucha por mantenerse sobrio, con un pasado triste y huérfano; y, por fin, una trama policiaca que es una excusa para bucear en lo turbio de los actores y en la turbio sociedad irlandesa de la época. Son novelas negras, pues, en cuanto que no se complace Benjamin Black sólo en deshilar una intriga sino en buscar toda la panorámica social de cada caso. Pero son novelas negras muy especiales, pues las escribe un profesional del buen estilo como es Banville aunque las firme como Black. Vamos a verlo centrándonos en esta última.

Quirke aparece en ella al cabo de unas cuantas páginas y, como es lógico, conviene presentarlo para el lector que no haya leído las anteriores. Tras un «Ése debe de ser Quirke» de su compadre el inspector Hackett, Black no se apresura y pierde (o gana) unas líneas hablando de la luz de la tarde, del césped, del mes de junio? hasta que levanta a su forense a los ojos de lector definiéndolo, al describirlo, de una vez para siempre con una imagen (la que sigue al adverbio modal «como»Gui?o: «Aquel hombretón avanzaba vacilante sobre unos pies absurdamente delicados. Más que andar, parecía trastabillar cojeando apenas, como si hubiera tropezado con algo tiempo atrás y todavía estuviera tratando de recuperar el equilibrio». Luego, ya desciende al modo en que va vestido y otros detalles del oficio. Pero Quirke ya será siempre un gigantón desgarbado a quien agobia un físico que puede ser (y es) un malestar psicológico. Decíamos de él que era alcohólico: al presentar esa faceta, Black (o Banville) coloca el adjetivo «prudente» justo en donde debe ir, construyendo una figura literaria tan rara como efectiva, cuando pide «un prudente vaso de vino», pues «se suponía que había dejado definitivamente el alcohol después de haber pasado varias semanas desintoxicándose en St. John el invierno anterior». Reparemos en lo que es el bien escribir: no se lee «un vaso de vino prudentemente», lo que vulgarizaría la frase con ese adverbio lamentable al final. Black/Banville lo transforma en adjetivo que califique al vino y, así, nos haga resaltar la inquietud de quien teme una recaída. No arruino la trama, créanme, si adelanto que Quirke va a recaer en el alcohol. Pero ¿cómo se soluciona narrativamente esa vuelta al infierno? También mediante dos «como»: «Quirke había terminado su copa de vino y se preguntaba si podía arriesgarse a tomar otra. El sabor, al mismo tiempo ácido y afrutadamente añejo, le había provocado unas ligeras náuseas al principio, pero el alcohol, como una brillante aguja de metal, las había atravesado hasta llegar a algún lugar vital dentro de él, un lugar que ahora clamaba por más». Ahí está: «como una brillante aguja de metal», espléndido. La segunda: «Mientras giraba el tallo de la copa entre sus dedos, Quirke intentaba no sonreír de pura felicidad. La euforia creciente que sentía, a medida que el alcohol extendía sus filamentos dentro de él como las raíces de una zarza ardiendo, era irresistible». Ahí está: «como las raíces de una zarza ardiendo», magnífico. Bastaría el párrafo inicial del capítulo 8 (la descripción del orfanato de St. Cristopher: en menos de 30 líneas, un acercamiento estupendo de la desolación) para ilustrar esas calidades de línea o página que distinguen a Black o cualquier otro «como» sugestivo que aparezca («El policía hizo un gesto de rechazo con la mano y comentó que los muertos podían esperar y, al decirlo, rió como una gallina vieja»: una gallina no se ríe, sea o no vieja, pero es literatura conseguir el efecto buscado con esa imagen imposible).

Con todo esto, quiero recomendar la lectura de Benjamin Black como ejemplo de que la calidad de frase no está reñida con el avance de la trama, base de la novela de intriga. Ahora que todo quisque escribe novela negra; ahora que nos llegan las invasiones de detectives nórdicos; ahora que cualquier escritor «negro» no distingue un fusil de un rifle (o cree que son lo mismo), un comisario de un inspector; ahora, creo, va siendo hora de pedir que, al menos, escriban bien, línea a línea. Como Benjamin Black.

 

 


Comentarios