Jueves, 02 de abril de 2009
Publicado por negraycriminal @ 17:58
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De:
Enrique
Enviado el: lunes, 30 de marzo de 2009 22:41
Para: NegrayCriminal
Asunto: Chandler y Kerr

 Hola,
Acabo de terminar de disfrutar con el último de Bernhard Gunther. O sea, el último de Philip Kerr.
Caigo en la cuenta de una de las razones de por qué me gusta leer a Kerr. Por lo chandleriano que es.

No me resisto a enviarte una prueba.
Para comparar, lee este par de fragmentos. Primero Chandler, luego Kerr:

"Fue entonces cuando entró en el bar un verdadero sueño en forma de mujer.

Por un instante me pareció que todo sonido se había apagado en el bar, que los graciosos habían callado de golpe y que el borracho del taburete había dejado de mascullar; fue como cuando el director de orquesta golpea con la batuta en el atril, levanta los brazos y mantiene a todos en suspenso.

Era delgada y bastante alta; llevaba un traje sastre de hilo blanco con un pañuelo de pintitas blancas y negras alrededor del cuello. El cabello era de color oro pálido como el de las princesas de los cuentos de hadas. El pequeño sombrero y el cabello dorado alrededor recordaban un pájaro en su nido. Los ojos eran de un color extraño, azul violáceo, y las pestañas largas y quizás demasiado claras. Se dirigió hacia la mesa de enfrente y empezó a quitarse los guantes blancos. El mozó se acercó en seguida y le apartó la mesa en tal forma y con tanta deferencia como ningún mozo del mundo me la hubiera apartado a mí de esa manera. La joven se sentó, aseguró los guantes con una cadenita de la cartera y dió las gracias al mozo con una sonrisa tan suave, tan exquisitamente pura, que el hombre casi quedó paralizado por la emoción. Ella le dijo algo en voz baja y el mozo, después de inclinarse hacia adelante, salió casi corriendo.

He aquí un tipo que realmente tenía una misión en la vida."





Raymond Chandler. El largo adiós. Capítulo 13.

“Intenté no mirarla, pero era casi imposible...Era alta y delgada, con una melena negra y rizada espectacular. Sus ojos tenían la forma y el color de las almendras recubiertas de chocolate. Vestía una chaqueta entallada de tweed, ceñida en la cintura, y una falda larga de tubo a juego. Su figura era perfecta para los que las prefieren con complexión de purasangres. Casualmente era mi caso.

Se acercó hasta mi mesa, perforando con los altos tacones la madera pulida del sótano del Richmond como el lento tictac de un reloj de pared. El perfume caro llegó hasta mis pituitarias. Fue un cambio agradable después del olor a café y cigarrillos y mi dispéptica mediana edad. 

En cuanto comenzó a hablar conmigo, supe que no me había confundido con otro. Hablaba castellano. Eso me gustó. Significaba que tenía que prestar especial atención a sus labios y a la pequeña lengua rosácea que se apoyaba en sus dientes de yeso.”

Philip Kerr. Una llama misteriosa. Capítulo 11.


Ni me dirás que no.

Un abrazo.

Enrique





 


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