Mi?rcoles, 01 de julio de 2009
Publicado por negraycriminal @ 11:39
Comentarios (0)  | Enviar



"La última caravana" de Raúl Argemí


Tal vez no haya nada nuevo en literatura, tal vez todo haya sido contado y, en definitiva, la historia del hombre y la mujer sobre esta tierra no es tan original e inagotable como pretendemos quienes la vivimos. Lo raro, lo atractivo de este solitario oficio es que, pese a tanta obviedad con pretensiones de profunda innovación que se publica, una novela que no cuenta nada demasiado importante, lo haga con la sencillez de las buenas e inolvidables fábulas, con recursos limpios y personajes que se las arreglan muy bien para independizarse del autor y presentarse ante el lector como si vinieran de otra parte, como si Argemí no tuviera nada que ver con ellos y su rol fuera el de simple introductor, un viejo amigo que a su vez nos presenta a sus viejos amigos y se retira, o se quita del primer plano, de la omnisciencia a la que son tan afectos muchos escritores, como si temieran que sus tramas y personajes les robaran protagonismo.

En "La última caravana", sin embargo, Raúl Argemí está más presente que en todas sus anteriores novelas. Porque la fábula que allí se cuenta despliega personajes y situaciones que son señales de identidad: de una generación, de una pertenencia territorial e histórica intransferibles, la de quienes creyeron haber encontrado en la revolución una suerte de piedra filosofal. Aquellos alquimistas regresan, al paso de los años, para encontrarse en una encrucijada del tiempo, Fiske Menuco, un desangelado pueblo de la Patagonia profunda, y prepararse, como náufragos que rescatan los restos del buque encallado, para fundar o ir al encuentro de una nueva Atlántida, el Polo Somuncurá.
De la conversación entre Laura, que hurga en aquel naufragio para encontrar los fragmentos que le permitan armar el rompecabezas de su memoria, y Roque Pérez, testigo casi marginal de aquel protagonismo, se van tejiendo los hilos de esta historia. "La última caravana" es esa crónica serena, triste pero también hilarante, es el grotesco -género nacional por excelencia- que Armando Discépolo fundó en el teatro rioplatense, impregnando la novela de Argemí. La peripecia de un grupo de exiliados de su propia historia, de quienes han sobrevivido para ser testigos y cronistas de sus derrotas y, en una suerte de sublevación de los sentidos, buscan recapturar aquellas sensaciones, el aire rozagante, el enjambre de sueños que alguna vez formaron, la amenaza latente de que todo podría volver a suceder pero ya sin la sorpresa ni la magia de lo desconocido, del final abierto.
Porque lo saben, o lo presienten, la aventura esta vez será distinta y el rumbo estará más librado al azar y a la locura, que a sextantes y brújulas que la historia ha desechado.
Leer "La última caravana" es como encontrar en el arcón de los recuerdos aquella bitácora en la que supimos registrar nuestra intrépida navegación de juventud. Hay páginas fieles a lo sucedido, otras que parecen arrancadas y reescritas por sucesivos "descubridores" ocasionales, curiosos que se atrevieron a subir al altillo nada más que para espiar, corregir levemente, disfrutar de otra visión de los mundos posibles.
La crisis argentina del 2001, el recurrente descalabro nacional, es apenas una referencia, un cuadro de situación equivalente a las camisas de fuerza que se usaban en los manicomios, suplantados luego, o reforzados, por electroshocks o cócteles químicos devastadores. Luchando contra ese desquicio, desafiándolo con imaginación y tozudez, los personajes de "La última caravana" nos permiten asomarnos otra vez a la garra narrativa de Raúl Argemí, acompañarlo en su intento -logrado, por cierto- de levar anclas de nuevo. Aunque hacia adelante el horizonte no coincida con el mar sino con la polvorienta y fría oquedad de la Patagonia.


Guillermo Orsi





Comentarios