Viernes, 13 de noviembre de 2009
Publicado por negraycriminal @ 18:19
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En el suplemento Culturas de La vanguardia



Los herejes / El conspirador

Humphrey Slater

 

    Un hombre llamado Humphrey Slater.

 

 

   Fue una frase de Isaiah Berlin en el libro que en ese momento estaban editando. En página 177 de La mentalidad soviética Berlin se refiere a romans-à-clef de autores de talento, ex comunistas en contra del régimen soviético: Arthur Koestler, Humphrey Slater y Victor Serge. Para los editores Joan Tarrida y  Joan Riambau –y para todos los lectores españoles-, el segundo era un total desconocido, jamás traducido al español, y que les depararía un largo trabajo de búsqueda y captura.

    “Camarada Porter” o, como le llama Virginia Wolf en una página de sus diarios, “Hugh”, merece una mención fugaz en la edición de Tusquets llamada Orwell en España: “Orwell cree que “Home Guard of Victory! de Hugh Slater se basa demasiado en la experiencia de la Guerra  Civil”. ¿Qué significa esto?

   Y qué significa que Cyril Connolly -“supongo que pertenezco a la generación más apolítica de la historia”-, durante esta conversación que efectuaba en 1952 en Londres, desde la casa del escritor Philip Toynbee, fuera escuchado por los servicios de inteligencia: “¿Tiene Humphrey alguna teoría?”, pregunta Connolly. Se está refiriendo a uno de los fiascos más estruendosos en la historia del espionaje durante la Guerra Fría.

 Será mejor empezar por el principio, y volver a espiar a Slater.

Activo y ferviente comunista 

Desde los años 30, los servicios de inteligencia de su país someten a Slater a meticulosa vigilancia. Este voluminoso material desclasificado –y recuperado por sus editores españoles–, que llega hasta avanzada la década de los 50, bien puede tratarse como una obsesiva novela, que quiere ser objetiva para acabar meditando sobre el valor del punto de vista. 

     Nacido en 1906, joven pintor con excelentes críticas, Slater es identificado como “un activo y ferviente comunista”.  Lo siguen de cerca, se infiltran en sus conferencias sobre la revolución e interceptan sus cartas. Es culto y peligrosamente inteligente (y no ha cumplido treinta años). Su esposa Elizabeth –quien sin duda inspiraría a la protagonista de El conspirador- no entiende su lealtad al partido. Un partido, dicho sea de paso, que según testimonio de Jan Valtin -seudónimo de Richard Krebs en La noche quedó atrás-, no llegaba en toda Gran Bretaña ni al diez por ciento de afiliados de la ciudad de Hamburgo, y era dirigido por corruptos arrogantes que se gastaban los fondos del Komitern en casas de fin de semana. En tanto, el joven Slater pernocta aquí y allá,  tiene un piso al que solo va una vez por semana, y en el que se celebran reuniones. Pasa un tiempo en Berlín (dos años antes de que Hitler sea nombrado canciller) y su madre le envía dinero para que vuelva a casa.

  Impulsivo y –como su coronel Córdova de Los Herejes- apuesto, un compañero de partido le escribe: “Por favor, sé diplomático (...) como me temo que no sueles ser en tus relaciones con otras personas”. Ya se ha divorciado, atrás quedarán para siempre aquella esposa y los dos hijos (hoy no aparecen herederos de Slater, ni parientes lejanos) y, en el año 1936, es visto en una manifestación de mujeres contra el fascismo en Trafalgar Square. Poco después dejaría Londres para formar parte de  “esa masacre de inocentes” (Cyril Connolly). Como afirmaba el joven Arthur Miller -que se debatía entre alistarse en las Brigadas Internacionales o evitarle el sufrimiento a su madre-: “si se derrotaba a Franco se podría impedir otra Guerra Mundial, porque una España democrática en el flanco de Hitler la frenaría”.

   Con estas dos buenas (y más que buenas) primeras novelas, publicadas ambas en Inglaterra en 1948, Galaxia Gutemberg inicia la publicación de la obra de Slater. Según afirman sus editores, también las tres próximas en edición lo reflejan a él mismo en las sucesivas etapas –y decepciones- de su vida.

  La herida política.

 La primera parte de Los herejes transcurre en Francia en el siglo XII, y describe la persecución y exterminio ordenados por el  papa Inocencio III en una pequeña comunidad en la que, en consecuencia, quedan huérfanos casi todos los niños. Es un relato crudo, preciso.  La forma de reflexionar de Slater, también en la segunda parte, es acción pura y dura, exhaustiva y documentada. Tal vez ni se planteara escribir literatura,  sino hacer crónica y denuncia de su herida política abierta en España, la misma que acusó el brigadista George Orwell, convertido en un proscrito amenazado en las calles de una Barcelona que, en tan poco tiempo, y mientras luchaba por ella, se le había vuelto irreconocible.

  Artículos sobre Durruti, sobre la Quinta Columna del General Mola. Y desde luego la experiencia en el frente…El saldo de todo esto es que, de regreso a su país, y “por negarse a discutir sus diferencias”, este miembro de las Brigadas Internacionales es expulsado del partido. Y aquí podríamos pasar a la segunda parte de las dos novelas: la de los espías y la de Slater. Las dos son imprescindibles.

  La segunda parte de Los herejes arranca con un magnifico personaje, el rudo, posesivo -y erudito en ciencia militar, como Slater mismo- coronel Córdova, a quien el levantamiento nacional lo sorprende en un burdel de Málaga. (La misma ciudad cada vez más arrasada, en donde Arthur Koestler se empeñaría en permanecer, con espíritu suicida). Córdova, leal a la República, nos ofrece un valioso y punzante documento: Sus gravísimas desavenencias con los enviados soviéticos que, en un prodigio de miserable estrategia estalinista, ordenan maniobras que ofenden su inteligencia militar, mientras tratan a los defensores de la República como “una organización ignorante y brutal de policías secretos mercenarios”. Además, Córdova se ha enamorado de una joven inglesa, a quien ha conocido junto a su hermano Paul y su amigo Simon.  Uno de ellos se afilia al partido que expulsará a Slater, mientras el otro es parte de las milicias del POUM. Los tres jóvenes –para su desgracia- son trasuntos de aquellos tres niños condenados de la primera parte.

   En cuando a la novela de los espías, es tragicómica. Porque Slater está decidido a defender su país ante el avance del nazismo. Como Córdova, sabe mucho y ha estudiado el curso de la guerra desde la invasión nazi a Polonia. En los interrogatorios parece honesto y educado, pero ¿cómo estar seguros de que “nuestro viejo conocido Slater”- como escribe el Mayor Alexander, que tal vez se ocupó más de entender a Slater que a algún hijo suyo- sea realmente un ex comunista convencido? Desde Gibraltar, llegaba un informe en donde se afirmaba que Slater no era “el típico comunista” ¿Pero quién era el típico comunista entonces? ¿El astuto y brillante Kim Philby, que los engañó a todos, Franco incluido? O acaso el altísimo cargo de gobierno David Maclean, que de repente en una cena –como escribiría Connolly- le soltaba a un amigo: “¿Qué dirías si te diera que soy comunista?” Y seguían bebiendo tranquilamente.

 Patriota e inteligente.

   Slater ya forma parte de la “Home Guard School”, en donde se entrena a voluntarios civiles ante la ofensiva alemana. Ha publicado el manual al que se refería Orwell, y que Orwell mismo elogia en The New Statesman. La guerra, según Slater, no se define en la línea de frente. Los nazís buscan la retaguardia enemiga para desde allí hacer mucho más daño: cambiando el escenario, mucho de lo que el pobre Córdova quería hacerle entender a un infame soviético en Madrid. Y hay toques espléndidos: las tazas de té que los campesinos pueden servir a las patrullas nocturnas, o el camouflage. Slater omite algunos detalles históricos pero, pintor en sus inicios, se inclina por el que más le gusta: fueron unos franceses, pintores cubistas en la vida civil y amigos de Picasso, quienes crearon esta táctica. 

  Y del inteligente y carismático profesor Slater se sigue dudando. ¿Tal vez imparte enseñanzas subversivas? Un miembro de los servicios le escribe al mayor Alexander sobre otro informante que no para de elogiar a Slater. Pero ocurre que –según nuestro suspicaz narrador- este individuo es un pedante erudito, un tipo con “una marcada tendencia a la excentricidad” ¿Cómo hacerle caso?

  La verdad sobre Slater.

   La verdad sobre Slater bien puede estar en su siguiente novela, que publicó el mismo año que Los herejes, y que de inmediato fue llevada al cine con Elizabeth Taylor y Robert Taylor, quienes encarnaban a la inocente muchacha enamorada de un brillante militar de alta sociedad (en España fue estrenada como El traidor). La novela se abre como un precioso y amenazante relato de Katherine Mansfield, sobre un matrimonio en lujosa luna de miel, finalizada la guerra. Hasta que ella, ya de regreso en Londres, descubre las actividades secretas de su esposo: sus reuniones en lugares recónditos, su maletín en donde guarda sus  informes regulares a los soviéticos. Y entonces comienza la novela negra, el relato duro, de excelente buen pulso (¡no se pierdan el insufrible personaje de la prima Caroline!), y de paso y también, la velada burla a la sociedad bienpensante.

  Uno de los últimos informes sobre Slater es la citada conversación entre  Cyril Connolly y una amiga común, en el año 1952. El día anterior se había destapado uno de los secretos más bochornosos de la historia de la Guerra Fría: Donald Maclean y Guy Burguess, ex estudiantes de Cambridge, hombres del gobierno con altísimos cargos, llevaban toda su vida pasando información confidencial a la URSS. Connelly, que los conocía a ambos, escribiría sobre ellos intentando entenderlos. En cuanto a Humphrey, días antes en una cena, había discutido con Maclean por su afiliación comunista. Poco más sabremos de Slater.

 Un día, por el año 58, regresó a España para escribir sus memorias. Tal vez, alguien, en algún lugar de este país, guarde un manuscrito. Y ese mismo alguien tal vez nos cuente de qué murió Slater, con poco más de cincuenta años.

  Si eso no fuera posible, aguardemos sus próximas novelas. Que nos hablen de esa, su generación burlada, de sus veladas en los 50 en aquel bar del Soho (el Gargoyle) con Cyril Connolly y Francis Bacon, de los secretos a gritos, de la ironía y la decadencia. Qué nos cuente qué hacía ese día de 1940, merodeando sospechosamente la costa de Hartland, junto al escritor pacifista Ronald Duncan, y de qué discutía con Orwell mientras editaban una revista. Y que nos diga por qué hemos sabido de todos ellos y de él –y de su intensa y valiente obra-, lidiando siempre con suspicaces- nunca supimos nada.

 

 


Comentarios
Publicado por MGM
S?bado, 14 de noviembre de 2009 | 13:08
Slater es un narrador extraordinario. Me alegro de ver aqu? esta rese?a. Es un misterio que haya estado tanto tiempo olvidado. Ojal? aparecieran sus memorias. "Los herejes" es una obra redonda, acci?n pura y dura llena de pensamientos profundos.
Publicado por Invitado
Jueves, 18 de febrero de 2010 | 16:47
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