Lunes, 08 de febrero de 2010
Publicado por negraycriminal @ 18:58
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lilian Neuman
para el Blog de serienegra


BCNEGRA 2010

La gente que estaba allí.

 

 Doscientas setenta personas es, con alguna imprecisión, el aforo máximo de la sala “La Capella”, en la calle Hospital. ¿En cuántas ocasiones, durante estos días –del 1 al 6 de febrero-, tuve que permanecer de pie?

    El género negro es, como bien lo dijo Ricardo Piglia, un género con una cualidad fascinante: “Es como un gran arco que va de uno a otro extremo”. Del extremo de las legendarias novelitas de kiosko, polvorientas y clandestinas, a las estanterías de un señor llamado, por dar un solo ejemplo, Martí de Riquer, que alguna vez declaró que él seguía todas las novelas de la serie Poirot. Hace pocos días, dos atildadas y elegantes damas se acercaron felices a Montse Clavé: “¡Esta semana hemos vividos dos hechos importantísimos, BCNegra y el Liceo!”.

   Es difícil, para felicidad de todos, buscar un prototipo de lector de novela negra. No obstante, de pie y de brazos cruzados junto a la pared, quiero desviar por unos minutos mi atención de los escritores y decir algo de quienes, en términos editoriales, se llaman “el público lector”

 Estos son: una dama que luego acudirá al Liceu, un joven con aspecto intelectual, una mujer de cabello amarillo furioso (y un aire de ex hippie, o de ex okupa), una señorita de chaqueta de  piel y botas a lo Lisbeth Salander, un atildado caballero, quien me enseña las críticas -debidamente leídas, recortadas y dobladas- dentro de su agenda, las que hablan del autor que ha venido a escuchar…No lo parecen, pero los une territorio común.

   Y es que todos ellos, cuando piden un micrófono, se refieren a los protagonistas de sus lecturas como a gente que existe en la realidad y que, con todo derecho, es un poco de ellos también:

 “¿Cuándo tendrá a bien, el señor Arlandur Indridason, de darle un poco de felicidad a su protagonista?” “¿Acaso Assa Larsson piensa darle una pequeña tregua a la castigada Rebeca Martinsson?” “Señora Camila Lackberg, ¿puede, en su próximo libro, poner un muerto en mi jardín?”  “Señor Connolly ¿por qué le ha hecho la terrible jugada a Charlie Parker esa de separarlo de su perro Walter?” (esta pregunta, confieso. se la he hecho yo).

   Los lectores preguntaron a los autores, refiriéndose a sus protagonistas como a amigos comunes. Tipos que uno tuvo la oportunidad de conocer. Lew Archer existió, y seguro que John Connolly habló, bebió copas, lloró y discutió con él. Don Winslow sabe, claro que lo sabe, dónde está Art Keller hoy y si ha podido reconciliarse con su mujer. Y gracias a él sabemos que, muy posiblemente, aquella “call girl” atrapada en el corazón de la guerra de las drogas,  lleve ahora una alegre vida en París. Y Ian Rankin tuvo que dar minuciosas explicaciones sobre por qué tuvo que jubilar a Rebus y, también, calmar a la audiencia respecto a su futuro y, qué alivio, a su forma de reaparecer.

  Esta maravillosa credulidad, este triunfo de la verosimilitud proclamada a voz en cuello tiene algo que no es de este tiempo. No parece la forma al uso de hablar de la obra de un escritor, no si uno quiere quedar bien en una reunión. Dejemos de lado a Madame Verdurin, o a la Colometa (es decir, a esos seres indiscutibles que uno siempre buscará en una calle de París, o de Barcelona, y también al hombre más buscado en Los Ángeles: Philip Marlowe). Y dejemos en suspenso (y que no se olvide) ese término caído en desgracia: evasión.

  Los lectores que este año han acudido a BCNegra se han sentado a oír y a interpelar sobre las extensas garras de la mafia – no olvidar a Petra Reski-, sobre los muertos de Ciudad Juárez y las reglas del juego de la guerra del narcotráfico.  De todo esto y muchísimo más (política internacional, catástrofes financieras, latrocinio a gran escala) se viene hablando desde hace cinco años en este poderoso encuentro llamado BCNegra. Entre la tragedia de nuestro tiempo –nadie debería olvidar que la historiadora Dominique Manotti dijo que se había lanzado a escribir novela negra “por desesperación”- y otra cosa que nada tiene que ver con la ingenuidad. ¡Cómo puede hablarse de ingenuidad cuando la novela negra ha dado la mejor colección de cínicos de todos los tiempos!

  No, el llamado boom de la novela negra no es una ingenuidad. Volvemos a creer como en aquellos días en que muchos creyeron a Orson Welles, anunciando una catástrofe desde un receptor de radio. Volvemos a creer en tipos que nos cuentan catástrofes, que lloraron por ellas –como Don Winslow, luego de escribir un asesinato de niños-, y que, no obstante, no le tienen miedo a la oscuridad. No, ellos insisten y persisten. Y nosotros con ellos. Nos une el mismo fango, el crudo material de la verdad. Y la valentía de modelar con todo ello una formidable evasión.

 

 


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