Viernes, 04 de junio de 2010
Publicado por negraycriminal @ 18:41
Comentarios (0)  | Enviar



“El detective de las más oscuras y remotas profundidades”.

(en el suplemento Culturas de La Vanguardia)


“El expediente Archer”.
Ross Macdonald
“La mirada del adiós”. Ross Macdonald
"El martillo azul”.Ross Macdonald
"El blanco móvil". Ross Macdonald

 

 

 ¿Que lo impulsaba a lanzarse al agua una y otra vez, y cada vez a mayor profundidad, para regresar a la superficie con aquellos herrumbrosos ecos del pasado: todo lo que el implicado calla o invoca, lo que el sospechoso omite o, tal vez, y todavía, no sabe? 

 

 Si, le interesaba la trama policial, la falsa pista y la resolución del caso. Y con todo ello Ross Macdonald –de verdadero nombre Kenneth Millar, nacido en 1915 en Los Gatos, California- se sumerge en el género de Raymond Chandler y Dashiell Hammet de un modo cada vez más personal, íntimo y comprometido (y escribirá muchas mas novelas que ellos dos, más de veinte).

 

   Pero no se lanza solo a la tormenta. Tiene a su héroe y guía: el detective privado Lew Archer, que se mueve por Los Ángeles y, sobre todo, por la ya mítica  Santa Teresa (Santa Bárbara en la realidad), el tipo que más palizas ha recibido, posiblemente, en la historia de los héroes de novela negra. El hombre que permanece en el ojo del huracán aunque le llenen los bolsillos de dólares para que se largue del lugar de los hechos y, un día, cuando llegue su último episodio -El martillo azul (RBA)-, este arqueólogo del mal será una especie de juez y redentor de todas las  mentiras, de toda la codicia, la saña y las malas artes de los demás. 

Esa emoción animal. 

Es genial leer la opinión de Raymond Chandler, cuando lee El blanco móvil (1949). Para él, este nuevo autor “tiene algo”. Pero detesta su forma de escribir, y se extraña de que alguien intente eso que él odia –rebuscamiento, ausencia de “una emoción animal natural”-  en el género policial. Sonaba raro, todavía, ese nuevo escritor de historia personal difícil, dispuesto a extremar el género hasta dar con las raíces de la pena, la traición familiar y el miedo que sigue atenazando después de muchos años.

 

   Afirma su biógrafo Tom Nolan que Macdonald pedía expresamente que no se le preguntara por determinados aspectos de su vida (sobre todo por su conflictiva hija). También que, al revisar su correspondencia a lo largo de treinta años, descubrió que Macdonald, cuando escribía en su diario, lo hacía en tercera persona. En cambio, todas las historias de Lew Archer las cuenta Archer mismo. Y es a través de él que  Macdonald se interroga una y otra vez sobre su infancia, sobre padres que se iban, sobre hijas huidizas ´-su hija Linda, que estuvo desaparecida, y que protagonizó lamentables episodios- o sobre matrimonios que escenifican sus rencores y sus antiguos celos delante del señor Lew Archer (Macdonald vivió toda su vida con la escritora Margaret Millar). Y en El caso Galton (Alianza, puede encontrarse en librerías), Lew Archer se enfrenta a un joven solitario y hecho a sí mismo, culto y enigmático, al que no sabe cómo abordar ¡Allí está Ross Macdonald! En ese jovencito abandonado, tal vez un farsante imperdonable, o un animal herido por los errores de sus mayores. Alguien que lucha por tener entidad y formar parte de ese territorio en el que Archer es el rey: Santa Teresa. 

  Pero allí mismo, ya maduro y golpeado, caminando a orillas del océano, Archer dirá: “Las olas rompían altas como muros y yo me sentí como un hombre que huye de su vida”.



 “El expediente Archer”

 Este detective que huye de su vida en La mirada del adiós (RBA), que intenta entender y salvar a un muchacho enfermo de los nervios y no sabe qué creer de quienes lo han contratado,  tuvo muchas otras aventuras que –aunque más breves- no son menos expresivas ni determinantes de qué clase de vida –y ninguna otra- podía vivir el vital y entusiasta Lew Archer. Los relatos de El expediente Archer nos muestran diversas e imprevisibles instancias de su vida de investigador, algunas como inicios de tramas que luego serán  más complejas.

 

  Este grueso volumen es un fantástico modo de saber qué clase de creador tenaz y arrojado era Macdonald. Todos los relatos deparan gestos imperdonables: el enfermo criminal que regresa para señalar a toda su familia, la verdad sobre un perro enterrado en el jardín, o sobre un  hombre acusado de asesinar a su esposa. Como en las novelas, Archer se adentra en la fatalidad por su formidable voluntad de conocer de verdad a quien tiene delante. Le gustaba la gente a Archer, aunque no dejaban de defraudarle. Quería entender –y no es poco- si esa viuda despiadada o si esa muchachita engañosa habían sido condenadas, si nacieron condenadas, o si se condenaron a sí mismas. 

 

.  Ross Macdonald murió en 1983. Su hija Linda en 1970. Pero lo cierto es que, desde Sue Grafton a John Connolly, son muchos hijos.




Comentarios